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El placer de hacer historias. Entrevista a María Wernicke

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María Wernicke es una autora integral de libros para todas las edades de una potencia poética notable. Sus ilustraciones levantan vuelo y se transforman en historias plásticas, sutiles y poderosas a la vez. Conversamos de su último libro Siembra (Editorial Mágicas Naranjas), de los relatos y del poder narrativo de las imágenes, que desafían a lectoras y lectores de todas las edades a agudizar la vista y los sentidos. Bienvenidos al viaje.

Por Gabriela Baby

En el inexacto lugar en que Villa Crespo se fusiona con Chacarita, o con Palermo (¿acaso importa?), María cultiva su jardín. Es una tarde de primavera, toco timbre y sale a recibirme limpiándose las manos de restos de tierra: «Si me pongo con las plantas, me pierdo, me voy…», dice. Y me invita a pasar. La biblioteca inmensa nos cobija y será testigo silencioso de nuestras palabras. También hay una repisa con soldaditos de plomo (que fabricaba su papá) y algunos -pocos- objetos que decoran los estantes. 

Conversamos durante una hora o dos, o más. María cuenta de sus libros, del trabajo, de la vida, de los libros de su padre (Enrique Wernicke), del trabajo de escritora de su madre (Rosa Dror Alacid), de sus amigos, de sus mudanzas, de los objetos que dejó por el camino, de los premios, de otra vez el placer de leer y de la poesía. También de sus aventuras como coordinadora de talleres, con chicas, chicos, con adultos. Del libro álbum, de las imágenes que narran, de sus comienzos como artista integral, de lo que vendrá.

Lo primero que quiero preguntarte es ¿de dónde vienen las historias, tus historias?
En un principio, para los personajes, manda mucho la gráfica. Se trata siempre de un momento mío con la gráfica, con el material. El placer de hacer. Es muy común para mí, ponerme a jugar con un material y que en algún momento aparezca algo que me da mucho placer y empiece a rumbear hacia algún lugar para ser una historia.   

¿Y Siembra, cómo nació este libro?
Antes de hacer Siembra, me habían prestado una tableta gráfica de esas en la que dibujás y lo ves en la pantalla, lo podés editar, trabajar, etc. Entonces hice todo un laburo de esta historia con esa estética, dibujando en la compu. Me costó bastante. Y el resultado era con unos personajes, mucho más humanos, que estaban bien, pero no me terminaban de convencer. Empecé con cinco imágenes: yo quería mandar ese trabajo a Bologna, al concurso de la Feria de Bologna, para la muestra. Y lo estaba haciendo, pero no terminaba de resolverlo, no me convencía la estética, los caballos no me gustaban. Entonces quedó ahí. Después empecé de nuevo, empecé a jugar con estos personajes y me di cuenta que no eran solo cinco imágenes, que había un relato largo, pero yo no quería palabras, ni una. Sin embargo, este libro necesitaba palabras. Porque después de terminarlo, cuando casi estaba completo, apareció el texto y dije: ‘está bien, allá vamos’, y sumé ese texto, que es poético, va por otro lado distinto a lo que narran las imágenes. Yo creo que con el texto el libro ganó. Ganó enormemente. Porque el relato gráfico se lee de cualquier manera, pero hay un texto poético que acompaña, que para mí lo hace crecer. Y, además, me siento muy cómoda con la palabra, entonces… me gustó mucho.

¿Y se publicó ni bien lo terminaste de hacer?
No. Porque yo estaba haciendo Contracorriente (Editorial Calibroscopio), que salió como una escupida, muy del alma. Por supuesto que hubo reversiones del texto y algunos cambios con las imágenes, idas y vueltas. Y entonces Siembra quedó medio cajoneado mientras salía Contracorriente.  

¿Idas y vueltas con la editora?
No, no. Conmigo misma. Es muy raro que yo tenga idas y vueltas con la editora en libros que hago como autora integral. Porque lo pienso y lo repienso, y lo remiro, y lo corrijo, y lo rehago. Como me pasó con éste, con Siembra. Que lo tenía casi completo, lo dejé y empecé de nuevo. No. Con Contracorriente el relato estaba, pero a la gráfica todavía no le encontraba la vuelta y una vez que tuve los bocetos, es decir, la historia, me faltaba algo del ritmo de la historia.

¿Alguien de confianza lee o mira tus primeras versiones? ¿Tenés un lector crítico que haga comentarios para la primera versión de tus libros?
Cuando vivía, mi vieja era la persona en la que yo confiaba para que me leyera, para ver, para ver el todo. Mi mamá se llamaba Rosa Dror Alacid y era una gran escritora, poco conocida, solo publicó un libro que se tituló Cartas a Enrique (Sudamericana, 1973), que son las cartas que le escribió a mi papá durante un año, después de su muerte. Son las cartas de su duelo. Es un libro hermoso y terrible que me gustaría que se publique de nuevo.
Y ella, en Contracorriente, marcó algo relacionado con el tiempo, como que el relato estaba un poco apurado. El personaje necesitaba que le pasen más cosas antes de salir a buscar lo que tiene que encontrar. Es decir, me marcó algo del ritmo del relato.
Lo que me pasaba con ella es que yo me bancaba muy bien sus críticas. Me costaba, pero confiaba plenamente en su criterio, en su ojo, entonces estuvo bueno eso que me dijo. Y lo trabajé, y el libro mejoró, la historia mejoró, y con esa mejora yo sentí que estaba listo. Se lo mostré a Walter y a Judith (los editores de Calibroscopio) y se enamoraron enseguida del material. Los libros míos que han publicado en Calibroscopio han sido así, por amor total…

Hay mucho amor, entonces, porque tenés varios en Calibroscopio…
Sí. Yo empecé con Calibroscopio. Yo estaba terminando de hacer mi primer libro como ilustradora y ellos me convocaron para ver si tenía algún proyecto personal. Hasta entonces, nunca había publicado algo todo mío (texto e imágenes), y tenía varias cosas en mente. Y me acuerdo que me asusté un montón y postergué varias veces la reunión (ellos no entendían nada y yo que postergaba por el susto). Quería ir más armada. Estaba trabajando con Uno y Otro. Y yo pensaba: ¿quién va a leer esto? ¿A quién le puede interesar? Pero en Calibroscopio se enamoraron del material.
Así fue como apareció mi primer libro como autora integral: Uno y otro (Calibroscopio). Que tuvo mucho éxito, fue muy bien recibido. Esto fue para el 2005. A lo largo de los años, todos los planes de lectura lo fueron comprando, para todas las edades: desde jardín de infantes a secundaria. Incluso se trabajó en la universidad con ese libro, y también en cárceles, en lugares de salud. O sea, lo toman desde distintos enfoques. Y este comienzo me generó una confianza enorme. Dije: ah, puedo hacer lo que quiero, una locura, lo que se me ocurra, porque tengo cabida, hay un lugar para esto, para lo que yo haga. Y ahí empecé a animarme y a seguir.

Entonces vinieron otros libros. ¿Cómo fue desarrollándose tu trabajo en estos 20 años?
Y … cambió mucho mi laburo. Es decir, yo trabajaba mucho para educacional y había hecho algo de literatura, me habían convocado para ilustrar textos de otros autores. Lo primero que hice fue para editorial El Quirquincho, ilustré un texto de Graciela Pérez Aguilar. Después, ilustré una serie que escribían dos psicólogas, esos libros para dejar el chupete, la mamadera, el pañal. En ese momento yo me sentía muy cómoda con ese tipo de dibujo. Lo disfrutaba mucho, de hecho, lo puedo seguir disfrutando, porque me comprometo con los personajes. Me hago mis propias historias, más allá de lo que dice el texto, y eso me permite disfrutarlo. 
Pero cuando pasa esto con Uno y Otro, empecé a poner mucha más energía en la escritura y la imagen. No me lo propuse, pero me fui animando. Entonces, cuando se me aparecía algo que me daban ganas de escribir, de dibujar, me animaba. Es decir, nunca me senté a ver un tema o a pensar y ahora de qué escribo. Todos mis libros salieron de alguna vivencia, de algo emocional, ya fuera histórico, presente, pero siempre desde un lugar así, con juego. Mucho juego. 

Contanos de esas vivencias, y entonces vuelvo al comienzo de la charla: ¿De dónde vienen tus historias?
Uno y Otro tuvo que ver con un desencuentro. Un desencuentro de pareja. Se me planteó así: somos blanco y negro, somos opuestos, cada uno tiene un mundo: Eso es lo que va contando el libro con esos personajes totalmente estrambóticos, porque no son para nada humanos, salvo en lo que les está pasando. Y me enganché mucho con algo que tiene que ver con la infancia, que es el uso de la palabra “todos”, ¿quiénes son todos? “Todos tienen marcadores Sylvapen”, decía la maestra cuando yo era chica. Pero… ¿todos tienen? Y entonces apareció nadie: “nadie me quiere, dicen los chicos”. Y seguí investigando esta serie de palabras: todos, alguien, nadie, uno, otro… registrando todo lo que reverberan en mí. Que obviamente les pasa a muchos, porque si no, no hubieran adoptado el libro así como lo hicieron. 

También hablaste del placer de trabajar ciertos materiales que encuentran personajes y luego, van a una historia.
Sí, también es un modo de trabajar. Así apareció El poeta y el mar. Apareció por la gráfica, por el goce con la gráfica, con el collage. Empecé a jugar, a descubrir, el placer de trabajar con esos papeles. Y entonces dije: yo quiero contar una historia con este material. Y me venía todo el tiempo la idea de que tenía que haber un poeta en esa historia. Empecé a pensarlo como un poeta que buscaba trabajo, hasta que descubrí que con muy pocas palabras, y sobre todo con muy pocos personajes, se podía armar una historia. Yo tenía muchas ganas de trabajar el personaje, que es el poeta que va buscando la palabra justa, y que además el texto chocara con la imagen o la agrandara… y así creció ese libro. Fue una parte de puro juego. Entonces, no hay una sola manera de entrarle a las historias. 

Y cuando tenés que ilustrar un texto de otro/a autor/a, ¿cómo trabajás?
En esos casos, por un lado está el clima del texto, que te lleva a determinados colores, a cierto manejo del espacio. Pero también hay algo muy personal. Entonces se juntan las dos cosas: lo que ese texto me trae, me provoca, y mis ganas del momento. Porque quizá estoy enamorada de un material en ese momento y no quiero hacer otra cosa. Entones, busco, dentro de esa línea algo que me dé mucho placer. No me puedo sentar en el tablero y estar horas si no me da placer. Y ese placer tiene que ver con descubrimientos, con algo nuevo, con estar profundamente enamorada de un material y seguir usándolo. 

¿Y en Siembra que materiales trabajaste?
Son sellos. El cuerpo es un sello, las piernas son otros, los brazos otros. Todas las piezas surgen por separado y voy armando los personajes. También hay témpera, acrílico y la suma de ambos, y collage. Y lápiz, fibra, y las bolitas rojas creo que son de tinta. Entonces, hay distintos personajes y distintos tratamientos, pero con la decisión de que todo esto tenga línea. Y el color es importante, porque hay que enfrentar a los personajes y cada uno tiene que tener su color. Justo de eso hablamos en el taller que di en septiembre en la Universidad de Hurlingham. Que fue sobre la lectura de la imagen. En ese taller proyecté todo el libro sin textos. Y les propuse a los participantes que fueran leyendo el libro desde la pura imagen. A ver qué pasaba. Sobre todo, cuando llega el relámpago, el trueno. Que pudieran contar qué estaba pasando en ese momento. Y, sin usar las palabras, todos pudieron leer el enojo, el enfrentamiento. Me decían, incluso, “éste está más enojado que éste”. Y yo decía, por qué… porque tiene el cuello más doblado o la cabeza más para abajo o porque la mancha que tiene es más enojosa.

Quedó claro entonces que se puede leer la imagen. 
Y eso es el libro-álbum, que puede tener palabras o no. Y es genial las lecturas que cada imagen suscita. Con el libro Haiku (Calibroscopio), que hicimos con Iris Rivera, es increíble las cosas que leen los adultos. Y los pibes. Increíble. 
La propuesta del libro-álbum es un desafío enorme. Para autores, ilustradores y para lectores. Porque es otra manera de narrar. Que utiliza dos lenguajes. Entonces, hay que capitalizar eso y aprovecharlo para contar más. 
En mis talleres, cuando el texto dice mariposa y el ilustrador dibuja una mariposa, yo digo: vamos a hacer crecer esto, veamos las palabras o veamos la imagen. Y cuando vienen con algún texto que tienen que ilustrar, ayudo para ver por dónde entrar para no solo subrayar lo que dice el texto. Que no está mal, porque en algunas cosas está bien: no está prohibido poner una mariposa cuando el texto dice mariposa. Pero lo importante es darle algo particular; ¿cómo la ves a esa mariposa? ¿es grande? ¿chiquita? ¿está de espalda? ¿qué pasa atrás? Porque quizá hay otras cosas que el texto sugirió, que no está dicho, pero que a vos, como ilustrador, te pasan, las ves, las sentís. Y eso es leer. Entonces se trata de confiar en la lectura de cada uno, en lo que uno siente. 

¿Como ves a los pibes de ahora en tanto lectores?
Siempre es rico. Ahora y siempre. Siempre es muy rico estar con quien lee. Desde el comienzo, lo que me pasó, sobre todo con Uno y Otro, es que a ese libro los adultos lo leen y pasan las páginas a toda velocidad. Van a la frase, que es tan corta. Entonces, enseguida pasan la página. Y no están leyendo, no ven lo que pasa. Se quedan con el texto.
Con Papá y yo a veces tuve una experiencia muy potente. Ese libro se editó primero en Brasil, entonces me fui a San Pablo, fui a una escuela y trabajé con pibes de 11 años y después con un grupo de jardín. Pero antes tuve una reunión con las maestras. Y una de ellas, decía: «Este libro que es todo blanco y negro, los chicos no lo agarran». Y yo decía: “por supuesto, no es un libro para que los chicos agarren. Es un libro para compartir, para leer con ellos. Para charlar. Lo lees para el grupo, mostrás las imágenes, – es fundamental que vean las imágenes – y generás la conversación. No es para leer en voz alta y chau. Un libro sirve para abrir la conversación. Podés lanzar preguntas: con un adulto muy cercano, alguien que te cría, ¿vos tenés siempre ganas de todo? ¿El adulto tiene siempre ganas de todo? ¿Siempre se dice que sí o alguien dice que no?” Y conversamos mucho sobre la lectura.

¿Tus libros siempre necesitan un mediador, un adulto que ofrezca?
Y… mis libros quizá no son libros que van a buscar los pibes por sí mismos, que van a manotearlos. Rara vez. Por lo general no. Algunos sí. Son los adultos los que se los acercan, comparten, invitan. Pero te sigo contando lo que pasó: esas mismas maestras, después me llevan a una sala de chiquitos de cuatro o cinco años y me presentan al grupo. «María, María…», dicen los chicos, algunos me abrazan, todos se acercan, me miran. Entonces hacemos una ronda, charlamos un rato y, después, un chiquito me agarra y me dice: «Vení, María, te quiero leer…». Se sienta en el piso, me siento con él, y me empieza a leer Papá y yo a veces. No leía, porque era chiquito, pero tenía clarísima cuál era la historia. Y lo que él me contaba era: «Mi papá y bla bla blá…». Es decir, me iba contando de él, y cuándo tenía ganas, y cuándo no. Leía porque seguía las ilustraciones. Y leía su historita. Y no es que me contaba simplemente, sino que relacionaba su relato con las imágenes. Y entonces supe que esa docente había trabajado con los pibes, les había leído, conversado… y el chiquito este me partió la cabeza. Fue terriblemente conmovedor. Porque no me conocía, pero sabía que yo había escrito ese libro y me quería contar su historia. Su historia con su papá. 
Entonces, son las dos cosas. Los pibes son muy buenos lectores, pero tiene que haber alguien acompañando, ofreciendo, compartiendo. Porque la lectura es para compartir, para conversar, para tender puentes de encuentro con las otras y los otros.  

MAMÁ Y PAPÁ ESCRIBEN
Dice María Wernicke: «Mi papá fue el escritor Enrique Wernicke. Publicó varios libros y hace menos de un mes se publicaron por primera vez sus diarios: Melpómene (Editores Argentinos). En mi casa, mi vieja y mi viejo estaban cada uno con su máquina de escribir. Había olor a libro y después olor a libro húmedo, porque hubo una inundación y tuvimos que salvar libros. Y algunos, con olor a humedad y todo, sobrevivieron. Por mi casa de infancia pasaron muchos artistas: cineastas, fotógrafos, estuve muy rodeada de todo eso. Y yo decía que iba a ser veterinaria, relojera, carnicera, y después pintora».
«Un día, mi viejo me regaló una máquina de escribir que era con una sola tecla. ¡No sabés lo que era! Tenía una sola tecla y un tambor redondo: la tecla se movía de un lado al otro y vos elegias la letra. Parabas en la letra A, y tecleabas. Parabas en la L, y tecleabas. Y yo escribí con esa máquina mi primer cuento a los seis años y se lo mandé a mi tía de Mar del Plata.»

Es decir, de chica ya escribías…
Es que en mi casa los dos escribían. A veces mi vieja me dejaba escribir en su máquina, pero era la herramienta de laburo de ellos, no era un juguete. Entonces mi viejo me regaló esa maquinita. Una belleza.  

¿Y qué leías?
Cuando era chica no leía. Miraba libros de imágenes. Miraba diccionarios, y también los libros de documentación que usaba mi viejo cuando hacia soldaditos de plomo. Yo miraba esos libros apasionada. No era lectora de libros de la colección Robin Hood. No me enganchaban. Recién de grande leí Robinson Crusoe. Y lo disfruté enormemente. Sí leía historieta: la pequeña Lulu, Patoruzú. Después vino Mafalda (se los compraba mi vieja, y yo los leía).
Después estuve enferma, a los 16 años, y leí libros de mi viejo. Y mi vieja me regaló Roshina mi canoa (de José Mauro de Vasconcelos) y lo disfruté un montón. También leía poesía con un grupo de gente, para ser parte de esa comunidad. Yo digo que leo para conocer a otros. Porque leo, leo mucho, porque lo está leyendo o lo leyó alguien a quien yo quiero. Leer lo mismo que el otro lee es una manera de vincularme con esa persona. Aceptar la sugerencia, seguirlo, curiosear lo que leen. Gran cantidad de libros entran a mi casa por leer así, leer con otro. Tengo una amiga con la que coincidimos un montón: lo que ella me regala o me sugiere, me gusta, siempre. Porque leer es compartir, y dialogar, y abrir sentidos.


Planeta María Wernicke
Nació en Buenos Aires en 1958. Trabaja como ilustradora de libros desde 1994. Desde entonces, ilustró muchísimos libros para editoriales de Argentina, México, España, Brasil y USA.

Como autora integral de libros álbum, publicó en España El poeta y el mar  y, en Argentina, Uno y Otro; Un señor en su lugar; Hay días; Papá y yo, a veces; Cuando estamos juntas; Contracorriente y Siembra.

Recibió el reconocimiento de ALIJA Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de Argentina, sección Nacional de IBBY) como Mejor Libro álbum en 2005, 2009, 2010, 2013, y 2019.

Cuando estamos juntas y Contracorriente fueron seleccionados como los Mejores Libros Infantiles del Banco del Libro de Venezuela en 2018 y 2020 respectivamente. 

En 2021 recibió el Segundo Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil por Contracorriente. 

Junto a Iris Rivera, recibieron el premio a Mejor Libro Álbum y Gran Premio ALIJA 2009, por Haiku, libro que fue seleccionado entre los White Ravens 2011. En 2009 también recibió el premio ALIJA a Mejor Ilustración por Rutinero.

En 2022 recibió el Diploma de Mérito KONEX en la Categoría Ilustración.

Fui candidata al Astrid Lindgren Memorial Award, por Argentina, en 2020, 2021 y 2022.

Formó parte de la exposición de la Bienal de Bratislava en 2001 y 2007. En 2009 fue seleccionada para participar de la Muestra Internacional de Bolonia e invitada a la de Sármede, Le Imagine della Fantasía.

Fue candidata como ilustradora, representando a Argentina, al premio Hans Christian Andersen 2026.

http://mariawernicke.blogspot.com/