A partir de las canciones, e inspirada en el humor y la poesía de María Elena Walsh, la compañía Lo ves o no lo ves presenta su nueva creación para las chicas y los chicos de hoy y de ayer. Una obra sobre el placer de la memoria que se construye junto a otros. Los sábados a las 16 h en El Camarín de las Musas.
Por Marisa Rojas
Pasitos para allí y para allá. Una batata reina y las flores celestes de un jacarandá. Una nube blanca y un señor muy cochino. Un osito en mameluco. Un grillo que llora con las alas. Una paloma mensajera. Y mariposas que duermen en el buzón del correo. Al Este y al Oeste. Escenas, personajes, juegos que son parte del mundo de las infancias argentinas desde hace más de seis décadas. Son las y los protagonistas de las canciones de María Elena Walsh, poesías disparatadas que, apenas comienzan a sonar, convocan sonrisas que abrazan.

Ese universo poético es el punto de partida de ¡Me acuerdo, me acuerdo!, el nuevo trabajo de la compañía Lo ves o no lo ves que debutó en el verano del 2020 con un espectáculo del mismo nombre y desde entonces cosecha aplausos, premios y encuentros en teatros tradicionales y salones de escuelas, en la Ciudad y el conurbano. Dirigida por María Mangone y Julián Rodríguez Rona, con un elenco de intérpretes alternantes integrado por Rosario Albornoz, Julián Cardoso y el propio Rodríguez Rona, la obra recién estrenada cuenta la historia de dos seres que han perdido sus recuerdos; no saben cómo hablar, dónde están ni dónde van, cómo moverse ni cómo nombrar aquello que los rodea.
Pero entre todos los olvidos encuentran un refugio: la música. Las canciones de María Elena Walsh irán apareciendo como pequeñas pistas capaces de abrir nuevamente la puerta de los recuerdos. Y así, la memoria no aparece como un ejercicio de nostalgia, sino como una experiencia necesariamente compartida, atravesada por el humor, el juego y la poesía.
Lo primero de la compañía, en la pre-pandemia, fue una obra para celebrar los 90 años del nacimiento de María Elena Walsh. ¿Por qué volvieron a su universo para construir también esta nueva historia, María?
— Yo me formé en teatro con Hugo Midón y Carlos Gianni, dos maestros de luz que siempre entendieron el teatro para niños como teatro de calidad. Un teatro que también incluye a los adultos de la familia. Con profundo respeto por las infancias y diversión para los grandes. Todo eso confluye en un modo de comprender a las infancias que está definitivamente presente en la obra de María Elena. Su universo tiene todo lo que nos gusta hacer en el teatro: el juego, el disparate, la poesía. Y además dice cosas. No es inocente, no es solo un juego con las palabras: dice cosas profundas. Y nosotros nos identificamos con eso. Por eso la elegimos.

Tomando como disparador la canción “En el país de Nomeacuerdo” —que forma parte del disco homónimo lanzado en 1966 e incluye, entre otros ya clásicos del cancionero infantil argentino, canciones como “La reina Batata”, “El adivinador”, “Canción del jacarandá”, “Marcha de Osias” y la “Baguala de Juan Poquito”— la obra desarrolla en forma de juego poético una indagación sobre la memoria y las formas del recuerdo.
“Nos interesaba hablar del placer de la memoria, no de la pesadumbre del olvido. De la memoria para la que son necesarios la curiosidad y el coraje, y la que entendemos es placentera cuando se construye junto a otros. Uno recuerda con la ayuda de los demás, con la naturaleza, con las emociones y con las canciones. La salida de la desmemoria es colectiva”, dice Mangone, responsable de la dramaturgia y la dirección junto a Julián Rodríguez Rona.
Su respuesta resume el espíritu del espectáculo. En el escenario, dos personajes cualquiera —que son a la vez todos, cualquiera de ellos y nosotros— se encuentran y desencuentran entre títeres y canciones —las de María Elena, claro, aquí con arreglos exquisitos del maestro Pablo Viotti— que integradas al relato van guiando el recorrido durante poquito menos de una hora del más tierno absurdo.
En la obra las canciones no aparecen como un simple repertorio, sino que forman parte del relato. ¿Cómo fue el trabajo para incorporarlas, desde el propio disparate de la historia, y que no sonaran a recital?
— Las canciones están integradas al relato. No las trabajamos para construir la narrativa a partir de ellas, como fue en el espectáculo anterior, pero no queríamos hacer un recital de canciones, sino que fueran apareciendo porque la historia las necesitaba. Cada una tiene un sentido dentro del recorrido de los personajes. Son las que los ayudan a recordar, las que los acompañan en cada etapa del viaje que atraviesan y que de alguna forma van narrando los títeres.

Durante la charla con Planetario, María recuerda una de las primeras funciones en la que un niño de unos cuatro años repetía, una y otra vez: «Ahora se va a acordar». No anticipaba la historia. La acompañaba. Como entendiendo que recordar también puede ser un juego. Quizás allí resida uno de los mayores aciertos de la obra. Mientras los personajes intentan reconstruir su memoria, también el público comienza, casi sin proponérselo, a reencontrarse con un universo que parecía esperarlo, aunque no lo supiera. Una canción. Una rima. Un disparate. Una chicharra que viaja en chala desde Tucumán hasta Salta. Un jacarandá al que el viento le hace cosquillas.
Y entonces, cuando las luces se encienden y llega el momento de volver a casa, queda resonando entre el público una melodía: nueva para los más chicos, vieja conocida para los más grandes. O la imagen de una niña que salva a una batata de un cocinero amenazante. Acaso la de la Luna en su encuentro con el Sol. O simplemente una palabra, dicha casi en voz baja, como quien acaba de encontrar algo que creía perdido y descubre que siempre estuvo esperándolo en la memoria de los otros.

¡Me acuerdo, me acuerdo!
Sábados de julio (en vacaciones de invierno también jueves) – 16h
El camarín de las musas – Mario Bravo 960 – CABA
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