En vacaciones de invierno, la compañía fundada por Elisa López Oroño y Diego Mazurok presenta dos propuestas donde la narración y la música invitan al encuentro -real- de chicos, chicas y grandes. En el Paseo La Plaza y en el Teatro El Alambique, de calle Corrientes a Villa Pueyrredón.
Por Marisa Rojas
Una mano pequeñita señala un punto en el centro del mapa. Otra, más grande, igual de emocionada, indica un rincón del plano. Desde el fondo de la sala alguien propone atravesar el pantano. En la primera fila, otra voz prefiere subir la Colina Blanca. Nadie sabe qué va a suceder en esta historia que hoy se cuenta en el teatro pero se escucha desde hace tiempo en librerías, salones de escuelas y fiestas de cumpleaños. Una historia misteriosa que nunca es igual. Un relato que se despliega con cada decisión. Chicos, chicas y grandes se animan a vivir una aventura única: salir a la Búsqueda del Tesoro con Valor Vereda.
“Una aventura que no está solo en el espacio escénico, sino, también, en la imaginación, en la creatividad y en lo que el público elige cada vez. Porque cada decisión abre nuevas puertas y hace avanzar la historia que se construye entre narración, juego y fantasía”, dicen sus creadores, Diego Mazurok y Elisa López Oroño, quienes, al igual que las y los participantes, tampoco conocen hacia dónde les llevará la aventura en cada búsqueda.
Desde hace casi dos décadas, esa confianza en el juego, la imaginación y la capacidad de las infancias para crear junto con quienes las acompañan atraviesa el trabajo de Valor Vereda, la compañía que Diego y Elisa fundaron en 2007 y que estas vacaciones de invierno presenta dos propuestas muy diferentes entre sí pero nacidas de una misma forma de entender la cultura para chicos y chicas.
Un tesoro en calle Corrientes
Los viernes 24 y 31 de julio, a las 12 del mediodía, Valor Vereda invita a buscar su misterioso tesoro escondido, esta vez, en la Sala Orsai/Casals del Paseo La Plaza. El corazón de la calle Corrientes es un escenario poco habitual para la compañía, aunque, curiosamente, hace más de una década esta búsqueda encontró en la emblemática avenida de los teatros una de sus primeras formas públicas. En aquel entonces, la aventura no transcurría dentro de una sala sino entre estanterías, libros y libreros sorprendidos por la irrupción de decenas de chicas y chicos que seguían pistas de un local a otro.
“Fue en una Noche de las Librerías, hablamos con cada local para explicar que en un momento íbamos a entrar con cincuenta chicos, pero que nadie iba a tocar nada —recuerda Diego entre risas—. Al principio nos miraban con cierta desconfianza, después ya nos conocían y era mucho más fácil”.
La anécdota conserva algo del espíritu con el que nació la propuesta. Más que trasladar un espectáculo a un espacio poco habitual, se trataba de invitar a las familias a mirar las librerías como territorios de aventura. Este invierno, ese vínculo vuelve a aparecer en la Sala Orsai/Casals, rodeada de libros y lejos del despliegue estridente con el que suelen asociarse las vacaciones de invierno.
La elección no responde únicamente a una cuestión logística. Para Valor Vereda la experiencia empieza bastante antes de que se apaguen las luces.

Elisa habla de «vacaciones sin estrés», de funciones en salas amables, donde no hace falta levantar la voz ni amplificar la narración para sostener la atención. Diego completa la idea pensando en el día entero: un horario al mediodía que permita desayunar sin apuro, compartir la función y seguir después el paseo en familia. El teatro no aparece como una propuesta aislada sino como una experiencia que empieza antes de entrar a la sala y continúa cuando termina la función.
Esa manera de pensar cada detalle atraviesa también la construcción de la Búsqueda del Tesoro, donde la narración oral, la imaginación y la fantasía, guían el camino del juego. Porque para Diego, narrar nunca consistió solamente en contar una historia: “Primero tengo que ver lo que estoy contando. Si no puedo verlo, es imposible que lo vea quien está escuchando. Cuando recién aparece en mi imaginación, ahí sí puedo narrarlo Y recién entonces los chicos y las chicas pueden verlo también”, dice.
La definición resume buena parte de la poética de Valor Vereda. La narración no busca describir un mundo ya construido, lo crea en el mismo momento en que es compartido. Por eso cada función conserva un margen de incertidumbre. Aunque el mapa sea el mismo, el recorrido nunca se repite exactamente igual.
Elisa conoce esa sensación de vértigo. Sabe cómo empieza la aventura, pero no siempre cómo seguirá. Hay decisiones del público que obligan a improvisar caminos inesperados, a sacar protagonistas de un pantano del que parecía imposible salir y así descubrir, mientras las palabras aparecen, qué rumbo tomará finalmente la historia (y dónde hallarán el tesoro, claro).
Después de tantos recorridos compartidos, el mapa sigue siendo el mismo. Lo que cambia es la manera en que cada uno lo habita. Cuando se les pregunta si tienen un lugar favorito, Eli elige la Colina Blanca. Diego, en cambio, no duda en hablar del asqueroso pantano.
— ¡Me encanta describirlo! Lo veo enseguida —dice.
Eli se ríe. Ella preferiría evitar ese barro y ese olor imaginario.
Una fiesta para todas y todos
Al otro lado de la Ciudad, en una sala del barrio de Villa Pueyrredón, no hay un mapa sino un rey empeñado en organizar una fiesta perfecta. Pero no sabe cómo hacerlo.
¿Alcanza con la música? ¿Con los globos? ¿Con los invitados? ¿Con una torta?
Mientras las preguntas se suceden llega a palacio una noticia desconcertante: pronto arribará un invitado muy especial, absolutamente desconocido, nadie sabe quién es, qué le gusta comer ni qué música baila… ¿Cómo es la fiesta perfecta para alguien a quien no se conoce? Ya no se trata de organizar una fiesta cualquiera, sino de imaginar una en la que todos puedan sentirse parte.
Como en la Búsqueda del Tesoro, la historia comienza aquí a partir de una pregunta. Pero esta vez la herramienta no es la narración sino la música. Las canciones, el humor y el intercambio con los chicos y las chicas del público acompañan la historia del rey que, preocupado por hacer de su fiesta la más perfecta del mundo, descubrirá que una celebración no se construye pensando únicamente en uno mismo.
En el inicio de esta historia de ficción — que estas vacaciones de invierno se presenta del 28 al 31 de julio, a las 17 h, en el Teatro El Alambique— hay una escena mucho más cotidiana. No ocurrió en un ensayo ni durante la escritura del espectáculo. Sucedió en un festival, en una plaza cualquiera, frente a una calesita.
“Habíamos terminado una prueba de sonido en un festival para las infancias —recuerda Diego—. Todo estaba ahí pensado para los chicos y las chicas: los talleres, los juegos, los espectáculos. Y de pronto escuchamos con Eli una canción que decía: «Ella quiere ir a la cama conmigo…». Nos quedamos mirando. Parecía un detalle, pero no era un detalle”.
La escena siguió dando vueltas durante algún tiempo en la dupla fundadora de Valor Vereda. No porque buscara señalar qué música debía o no sonar, sino porque abrió otra pregunta: ¿qué ofrecemos los adultos cuando invitamos a las infancias a cantar, bailar y poner el cuerpo?
“La música comunica como cualquier lenguaje. Si un chico baila una canción, la baila con una entrega enorme, sin reservas. Entonces nuestra responsabilidad es pensar qué ofrecemos para que esa entrega suceda”, dice Elisa.
De esa reflexión surgió La fiesta perfecta. No para responder la pregunta, sino para ponerla a jugar. ¿Qué vuelve inolvidable una celebración? En la obra, ninguna respuesta alcanza por sí sola. Por eso, cuando hablan de esta fiesta Elisa y Diego mencionan tres palabras que regresan una y otra vez: música, humor y ternura.

Las canciones sostienen el pulso de la historia y convocan al público a formar parte de ella. El humor también aparece enseguida, en los equívocos del rey, en los diálogos y en esos chistes que, como dice Elisa, entienden por igual una niña de cuatro años y la persona adulta que la acompaña. La tercera palabra, en cambio, necesita detenerse un poco más.
— ¿De qué hablamos cuando hablamos de ternura?, pregunto.
Elisa hace una pausa antes de responder.
— Hay una diferencia muy grande entre decir «qué tierno» y construir un vínculo desde la ternura. Para nosotros tiene que ver con mirar al otro como un ser humano. También con ofrecer canciones, palabras y humor donde nadie quede afuera, donde no haya un doble sentido que algunos entienden y otros no. Queremos que todos entren a jugar en el mismo lugar.
— Hay algo que tenemos clarísimo hacia dónde va —dice Diego—. Más arte. Más música. Más ternura. Más presencia. Más mirarse a los ojos. Más juego de verdad.
No lo dice como un programa para el futuro, sino como una convicción que fue tomando forma con los años.
Elisa asiente.
En casi veinte años cambiaron las salas, los barrios, los públicos, las familias que hoy los acompañan y ellos mismos. Pero hay algo que permanece. Una historia puede empezar con un mapa misterioso o con una fiesta imposible. Puede contarse con palabras o con canciones. Lo importante sigue ocurriendo cuando alguien se anima a imaginar con otros.


