Con una dramaturgia sin condescendencias, donde conviven palabras filosas, humor, ternura, música en vivo y la poesía de los títeres, la premiada dramaturga y directora construye una historia que impacta y abraza. Para compartir en familia, desde el 7 de junio en el Centro Cultural de la Cooperación.
Por Marisa Rojas – PH Gustavo Gorrini
En la noche de la ciudad hay una niña que no puede dormir. Sus padres pelean en la habitación exactamente al lado de la suya. Afuera de la casa de Camila, la niña, hay una mujer que duerme en la vereda entre cartones y trapos viejos. Marga, la mujer de la calle, tiene un perro: Juan Domingo.
Hay caras de sueño, ojeras, mal humor, berrinches; en la escuela, una amiga cruel y una maestra que no puede contener. Hay silencios y palabras que lastiman, pero también hay otras que llegan justo a tiempo para abrazar la tristeza. Hay walkie-talkies, cenas compartidas, una amistad impensada y una pregunta que sobrevuela la nueva obra de Lorena Romanin: ¿quién escucha y acompaña a los chicos y las chicas cuando en casa los conflictos de los adultos los vuelven invisibles?

Luego de Ana y Wiwi, una de las obras más reconocidas del teatro para infancias de los últimos años —ganadora de la Fiesta del Teatro por CABA 2021/22, reconocida como mejor obra nacional 2022, distinguida por los premios ATINA y Teatro del Mundo de la UBA—, la dramaturga y directora vuelve a presentar una propuesta para público de infancias y familias: Un cielo abierto, desde el domingo 7 de junio en la sala Solidaridad del Centro Cultural de la Cooperación. Una propuesta que aborda el proceso de separación de un matrimonio, las transformaciones que atraviesa una familia, el valor del diálogo —y el amor— para atravesar momentos difíciles y cómo los vínculos que surgen donde menos se espera ayudan a que las cosas resulten un poco más fáciles, o acaso menos complejas.
Con música en vivo, ternura y humor; un elenco integrado por Solange Yappert, Jorgelina Vera, Natalia Giardinieri, Federico Falasco, Brenda Lem y la titiritera Daniela Fiorentino, Romanin construye una historia sensible y luminosa para toda la familia. Y como en su debut con lo hace alejándose de las fórmulas más habituales del teatro para infancias: sin personajes edulcorados, sin metáforas empaquetadas, sin conflictos suavizados para que “no raspen”. Al contrario: en Un cielo abierto hay tristeza, soledad y una apuesta fuerte por hablarles a las chicas y a los chicos desde un lugar honesto, con profundo respeto y amor.
“A partir de Ana y Wiwi me encontré con una forma de hacer y una forma de contar que me es afín. Y con un público, el infantil, que me parece apasionante”, dice Romanin. “En el teatro para chicos y chicas podés inaugurar cuestiones que tal vez en el teatro de adultos no. Poder entrar en esos lugares, asumir riesgos y ver qué pasa me resulta fascinante.»
La nueva obra de Lorena nació, en parte, de recuerdos personales. De escuchar a sus padres pelear. De pedirles que se callaran para poder dormir. De ver a su padre irse de la casa. Y también de un recuerdo de su abuela paterna, Guerrina, a quien la inesperada aparición de un desconocido le salvó, literalmente, la vida al borde de un precipicio en su Nápoles natal.

“Mi sensación cuando mi abuela me contaba la historia de aquel desconocido era de no poder creer cómo, donde menos lo esperás, aparece alguien que te cambia la percepción del mundo. Y algo de eso tiene Marga, el personaje que aquí interpreta Jorgelina, que es un personaje corrido del sistema. Un sistema del que también la familia es parte”.
Marga —la mujer que en la obra vive en la calle— está en la esquina donde el teatro para infancias pocas veces se detiene a mirar. Y lo hace no desde el golpe bajo ni la pedagogía, sino desde la capacidad de los propios chicos y chicas —representada aquí a través del personaje de Camila, interpretada por Solange Yappert— de acercarse sin prejuicios a quienes los adultos prefieren apartar de la vista.
“La niñez es una instancia donde se viven un montón de cosas, no solo buenas”, dice la directora. Se revela aquí uno de los núcleos de la obra: la violencia de ciertas frases que quedan pegadas para siempre. “Cuando el papá, que interpreta Fede, le dice a Camila: ‘Pero si vos no tenés amigos’, es el colmo de la violencia que muchas veces los adultos no vemos”.

La pregunta inevitable es cómo traducir eso a la escena dedicada a los pequeños espectadores. Aquí entra en escena otro de los corazones de Un cielo abierto: el trabajo de la actriz y titiritera Daniela Fiorentino con el títere creado por Alejandra Farley, el del perro Juan Domingo, acaso el perro callejero más hermoso del mundo. Un trabajo poco convencional en el universo del teatro de títeres.
“Este es un trabajo distinto para mí, en relación a lo que hicimos en Ana y Wiwi, no tanto por la técnica, sí quizás por la manipulación, aquí hay dos puntas: la cabeza y la cola. Pero es distinto porque tengo intervenciones que son muy puntuales. Lorena me hace desaprender”, dice Daniela. “Ella trabaja el hiperrealismo y eso es fuerte para interpretar con títeres, porque el títere es poesía, no realismo. Pero ella quiere que sea un perro realmente. Me lleva a otro modo de habitar la escena. Y como titiritera eso me pone en jaque y me resulta muy interesante”.
En Ana y Wiwi una de las novedades fue la presencia de una dramaturgia casi sin palabras. Del otro lado, en Un cielo abierto la madre —encarnada por Natalia Giardinieri— , el padre, la hija, la compañera de colegio —interpretada en clave de clown por Brenda Lem, a cargo también de la música en vivo junto a Facundo Galli—, la maestra y la mujer de la calle hablan, dicen todo, sin reparos. Las conversaciones, las discusiones, ocupan un lugar central. Y las palabras no están nunca simplificadas como para “explicar” nada. Son filosas, incómodas, reales.
“Yo me la pasé raspada de chica”, dice Fiorentino. “Pero en el teatro para pibes tendemos a edulcorar algunas historias aunque hablemos de la muerte. Es para niños, cuidado con que raspe mucho. Pero estas obras dan espacio a otras cosas que también pasan, son un desafío y representan un quiebre”.
Juan Domingo, el perro al que da vida Daniela, no tiene palabras, pero sostiene algo esencial. Como si el animal pudiera alojar aquello que los personajes humanos todavía no logran decir. “Los animales ocupan para mí, en mi vida, un lugar muy importante. Ligado a lo espiritual, al cuidado. Y por lo mismo me encanta que sean parte de la historia. Porque cuando el perro entra en escena cambia el aire de la obra”, dice Romanin.

“Estamos viviendo un momento triste. Y las tristezas están bien también”, agrega la directora. “Por eso en este teatro también las mostramos. Claro que también hay hermosuras, personas que te abrazan cuando menos lo esperás y más lo necesitás y que con su mirada del mundo ayudan a cambiar tu percepción. A ver otro cielo”.
Fiorentino asiente y suma otra definición posible para este presente del teatro hecho para infancias en este mundo: “Hacer hoy teatro para los chicos es una quijotada. Es hacer una revolución en el sentido más amoroso de la palabra. Es resistir. En mi cielo abierto hay un deseo de libertad, de un mundo mejor para los pibes, y por eso hacemos lo que hacemos.”.
Quizás ahí, justamente ahí, esté el cielo abierto de esta obra: en no negar la intemperie, pero tampoco renunciar a la ternura.

Un cielo abierto
Domingos de junio y julio a las 15.30 h
Centro Cultural de la Cooperación, Av. Corrientes 1543 – CABA
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