Con ternura y mucho humor, el musical creado y dirigido por Francisco Ruiz Bartlett se sumerge en el universo del rock nacional para hablar sobre la identidad, los deseos personales y la presión del afuera. Estrenada en junio en El Método Kairós Teatro, la obra acaba de recibir cinco nominaciones a los Premios Hugo y se convirtió en una de las revelaciones de la temporada.
Por Marisa Rojas – PH Nacho Lunadei
Migue y Lucy son amigos. Él es un chico sensible y un poco tímido, con un sueño personalísimo que le da vergüenza contar. Ella es pura decisión, cree que los deseos se escuchan, se defienden, y los lleva anotados, numerados, en un cuaderno decorado con stickers. Una noche, Migue y Lucy —los protagonistas del musical creado por Fran Ruiz Barlett— comparten una pijamada que lo cambiará todo.
“Nena no me mires distinto
Yo solo soy una estrella de rock
Nena si te asusta mi instinto
es porque soy una bestia feroz. Nenaaa”, canta Migue en sueños.
“¡Miguelo! ¿Estabas soñando que habías vuelto a la primaria y te peleabas con una compañera o algo así?”, pregunta Lucy despertando a su amigo.
…
La obra que escribió y dirige Fran parte del deseo de un incipiente adolescente para hablar de algo que atraviesa, incluso, a las y los adultos: la presión por gustar a los otros, convertirse en alguien, alcanzar el éxito. Entre canciones, con ternura y mucho humor, la obra pone en escena una pregunta sencilla y difícil: ¿cuánto de nosotros estamos dispuestos a dejar atrás para que otros nos quieran?

Hay un momento en Migue y Lucy en el que el protagonista tiene que decidir si realmente quiere convertirse en aquello que imagina: una estrella de rock. Para conseguirlo, sus amigas —Lucy, y la desopilante Bertha, encargada del acuario donde vive el pez Adolfo— le cambiarán la ropa, le teñirán el pelo e indicarán los gestos propios de un rockero, mientras lo entrenan para presentarse como vocalista en un concurso convocado por el exitoso Neta, un músico devenido influencer.
Vestido con uniforme de rockero Migue se mira, incómodo. “Me picaaa”, protesta. “No me gusta”, reclama. Pero la respuesta que recibe es determinante: si quiere cumplir su deseo, tiene que hacer un esfuerzo. Sin embargo, el problema de Migue no es cuánto esfuerzo está dispuesto a hacer, sino cuánto de sí mismo está dispuesto a perder.
En paralelo, en el lateral opuesto del escenario, casi como si se trata de dos movimientos inversos de una misma transformación, Marta, la mamá de Alejandro ´El Neta´, insiste a su hijo treintañero, encerrado en un cuarto al fondo de la casa familiar, que revise si de verdad quiere deshacerse de su campera favorita de la adolescencia. El Neta es una suerte de Migue del futuro: alguien que ya consiguió convertirse en el personaje que soñaba ser, pero que ahora necesitará desandar el camino. Mientras Migue teme dejar de ser quien es para convertirse en una estrella, Alejandro intenta recuperar algo de sí mismo después de haberse convertido en El Neta.
He aquí, allí, el corazón de Migue y Lucy, una historia de rock.
…..

La premisa del musical estrenado en el mes de junio en El Método Kairós Teatro — la sala donde funciona la escuela de teatro del mismo nombre, que dirige Fran Ruiz Bartlett— parece la de una historia de iniciación: Migue es un chico que sueña con ser una estrella de rock pero siente vergüenza de decirlo. Lucy, su mejor amiga, es quien insiste en que los deseos no tienen nada de ridículos. En el camino aparecen los ídolos —o las ideas que tenemos de ellos—, los requisitos del éxito, las exigencias de la industria, el discurso de las redes sociales y los influencers, el lado B de la fama, las expectativas de los otros. Y entonces se presenta otra pregunta, incómoda: ¿quiénes somos en realidad?”
“Creo que Migue y Lucy es una obra sobre mi identidad”, dice Fran. Lo dice desde una idea que, podría pensarse, tiene algo de borgeana: “toda obra, de algún modo, habla de quien la escribe”, señala.
Sabremos entonces que hay algo de autobiográfico en ese Migue que quiere ser músico: antes de dedicarse al teatro, Fran tuvo una banda de rock, Roberto Planta, con la que tocó durante algunos años y llegó a ser telonero de Spinetta y Catupecu Machu. Aquella experiencia —entre escenarios, deseo de reconocimiento y una industria musical que estaba atravesando el pasaje del disco a lo digital— quedó dando vueltas en la cabeza del actor, autor y director hasta convertirse, muchos años después, en material para (más de) una obra.

En Migue y Lucy el rock no es solamente una ¡preciosa! banda sonora, es una lengua, una historia y un conjunto de imágenes sobre lo que significa ser una estrella. Así, por el escenario pasan Spinetta, Fito, el Indio, y, por supuesto, Charly García. “Es que cuando lo escuché por primera vez dije ´este tipo está hablando de mí, este tipo está entendiendo lo que me pasa´», cuenta Fran. Pero Migue, que desconoce por completo la historia de esos músicos, empieza a preguntarse qué significa realmente convertirse en una estrella de rock.
Entonces, cuando en una de las escenas se ve a Charly saltando desde un noveno piso a una pileta, Migue observa aterrado y confiesa: “No sé si quiero ser una estrella de rock, Lucy, me dan miedo las alturas”.
La escena funciona como chiste, pero también como una pequeña operación de desmontaje: ¿qué parte del mito estamos admirando cuando admiramos a una estrella?
En el musical, esa pregunta también aparece una y otra vez. Entonces Migue deja de ser solamente un chico que quiere ser rockero para convertirse en alguien que está tratando de descubrir qué deseo es verdaderamente suyo.

Fran reconoce que esa pregunta también lo interpela a él, en particular cuando habla del presente y de las nuevas formas de construir una identidad pública. Cuenta que hay algo que lo incomoda de esa obligación permanente de subirse a la conversación del momento, de hacer lo que todos hacen, de convertir cada tendencia en una oportunidad para ganar visibilidad.
“Si yo quiero ser exitoso, en algún punto tengo que hablar de lo que se habla afuera, sea farmear aura o hacer un video de Migue y Lucy con todos bailando la coreografía de Tini”, dice. Y enseguida reconoce que esa imposición de la época le genera problemas.
Una contradicción que también atraviesa el musical: para ser alguien hay que mostrarse, pero mostrarse demasiado puede hacer que uno termine convertido en otra persona.
Migue intenta resolverla poniéndose las máscaras del rock. Y durante un rato parece funcionar. Hasta que algo empieza a incomodar. También El Neta, de alguna manera, comenzará a preguntarse: ¿por qué, para ser quien quiero ser, tengo que dejar de ser quien fui?
Frente a estos personajes, Lucy cumple una función fundamental. No es simplemente la amiga que acompaña la aventura, sino quien insiste en que los deseos no necesitan permiso.
“No hay nada más ridículo que pensar que hay deseos ridículos”, le dice a Migue.
Migue y Lucy no intenta explicar a las chicas y los chicos cómo funciona el mundo ni ofrecerles una moraleja cerrada. Abre preguntas. ¿Qué quiero? ¿Por qué lo quiero? ¿Lo quiero yo o aprendí que tenía que quererlo? ¿Quién soy cuando nadie me está mirando? Y así no subestima la capacidad del público de niñas, niños y jóvenes para la reflexión.
Detrás de las (hermosas) referencias al rock nacional, los ídolos y la fuerza del pogo, los cambios de vestuario, los chistes y las canciones; detrás de ese chico que sueña con un escenario enorme, hay en esta obra una historia mucho menos espectacular, bastante más íntima y, por lo mismo, conmovedora: la historia de alguien que está tratando de descubrir si puede cumplir su deseo sin dejar de ser él mismo.
Porque como dice Migue a su amiga Lucy, “No quiero que me aplaudan, quiero que me escuchen”.

Migue y Lucy, una historia de rock
Domingos 13, 20 y 27 de septiembre – 16.30 h
El Método Kairós Teatro – El Salvador 4530 – CABA
Mas info acá

