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La literatura como catarsis: fascinación por el género de terror

  • Categoría de la entrada:Literatura
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Vampiros, psicópatas, muertos vivos y mucha sangre: en la clase de Literatura, chicas y chicos eligen el terror. “Uno que dé miedo de verdad”, piden casi al unísono, desafiando la biblioteca de profesoras y profesores. El género terror se constata en el efecto: si da miedo, funciona; si no, seguimos probando. Pero no solo se trata de instalar monstruos en el aula, sino también de reflexionar sobre otros relatos y escenas. Y generar preguntas: ¿Qué pasa cuando jóvenes lectores entrenan la soportabilidad del miedo? ¿En qué medida el terror habilita otras lecturas? ¿Hasta dónde la cotidianeidad de ciertas escenas y tramas truculentas permite aceptar o intervenir la realidad? Y finalmente, ¿para qué sirve la clase de Literatura? De todo esto y más conversamos con la Especialista en Literatura Infantil y juvenil Paula Labeur.

 Por Gabriela Baby

Uno que dé miedo. El género de terror en la escuela (Editorial El Hacedor) de Paula Labeur y Romina Colucci (coordinadoras ambas de la investigación que dio origen a este libro) es una compilación de artículos de profes del secundario que cuentan experiencias de lectura y escritura realizadas en las aulas con un género tan poco académico y bastante polémico como es el terror. Paula Labeur cuenta la génesis del libro:Cada dos años, todos los años pares desde el 2002, desde el Instituto de Formación Alicia Moreau de Justo convocamos a los profes a las Jornadas de Didáctica de la Literatura para compartir experiencias del aula y reflexionar sobre nuestro trabajo. Hasta que, en 2020, pandemia mediante, decidimos pedir a los docentes que escribieran una reflexión sobre el terror. Elegimos el género porque tiene muy poca producción académica y teórica pero lo cierto es que en la escuela está presente, y se enseña. Nos gustaba esta paradoja de enseñar algo que no tiene teoría académica. ¿Cómo se enseña? Y se enseña porque los pibes lo piden… Recibimos muchísimos artículos que narran experiencias de las aulas y seleccionamos 16 para este libro. Son experiencias y aproximaciones teóricas que proponen modos de analizar y trabajar con el género.

El terror es un género popular, pero ¿a todos los chicos les gusta el terror?

Decir que a todos los chicos les gusta el terror es tan amplio como decir “los chicos no leen”, porque hay un montón de chicos que leen y leen mucho. Entonces, yo creo que el terror le gusta a un porcentaje de pibes, como a otro porcentaje le gusta la historieta, y otro grupo enorme prefiere las sagas o las novelas románticas. Es decir, a muchos les gusta y otros se lo fuman… Lo que sí aparece en el caso del terror es que muchos chicos saben mucho porque han visto mucho terror en audiovisual. Lo traen más de la cultura audiovisual que libresca. Y esto se choca con las propuestas de los profes que dicen: “vamos a leer ‘El almohadón de plumas” o “vamos a leer ‘La noche boca arriba” y los chicos responden “pero eso no da miedo”. Y traen pelis, series, creepypasta y formatos que los profes desconocen.  

¿Y buscan tener miedo de verdad?

Ahí hay algo super interesante. Porque se juega como una negociación entre este profesor y los lectores, sus alumnos, para encontrar un texto que te ponga los pelos de punta. Uno que dé miedo, y este es el problema del género: que su radicación se legitima en el efecto. O sea, que es super subjetivo. Y además es un género muy manijeado: si te metés en las plataformas de pelis y series aparecen todo el tiempo tiburones endiablados, yacarés enloquecidos, muertes violentas y homicidios sin solución. En esta negociación, los pibes proponen y el docente también tiene que ir probando algunos textos.

Nosotras recopilamos en la primera parte del libro un “Inventario” en el que incluimos títulos de cuentos y novela que son leídos como narrativas de terror. Esta enorme lista de más de tres páginas completas -que construimos a partir de lo que lxs profes trabajan en el aula – incluye desde los cuentos clásicos (Caperucita Roja y Hansel y Gretel) hasta Moby Dick de Melville y El Matadero de Esteban Echeverría; también autores como García Márquez, capítulos de Los Simpson y cuentos de Rodolfo Walsh. El listado es super variado y muy rico. Porque el terror también es un modo novedoso de leer esos textos ya leídos en la escuela, como es el caso de El matadero, por ejemplo.

¿Podemos decir que el terror está de moda?

Ocurre que, junto con estas propuestas de los chicxs, también hay un lectorado adulto que está leyendo Samanta Schweblin o a Luciano Lamberti, y a Mariano Quiros y a Enríquez. Y los pibes van a buscar esos libros porque saben que estos escritores escriben bien y quieren algo que dé miedo en serio. Y ahí hay una cosa interesante y es que son los pibes los que están traccionando estas lecturas escolares. Y esto me parece super lindo.


Algunos libros de Terror recomendados para todas las edades.


Entonces los pibes arman los programas de la materia Literatura…

Algo así. Y corren el campo de lecturas del docente que, además, pierde mucha autoridad, en el sentido autoritario de la palabra, porque tampoco el género tiene una teoría muy sólida que lo sostenga, en comparación con el género fantástico, por ejemplo, que está super estudiado y se viene leyendo en la escuela desde los 90s. Entonces el profe dice: “Esto es fantástico porque está la vacilación en el texto” y manda la teoría de Todorov, escrita hace más de medio siglo. Pero con el terror no funciona así. No hay una teoría. Y los pibes saben un montón, porque vieron un montón – sobre todo vieron – y tienen unas teorías de cómo funciona el asunto. Entonces los docentes van armando esas teorías, y esto es lo que pescamos en los trabajos que recopilamos en el libro. Y me parece muy interesante, porque a veces pasa que hay un cruce entre lo fantástico y el terror, porque muchos textos de miedo vienen de la mano de lo fantástico, entones ahí parece si la duda o no la duda, si lo viste o no lo viste…y aparecen hipótesis y el asunto de los escenarios, y lo gótico, y los personajes raros, y mucha teorización que se va construyendo en las aulas. Hermoso.

En este sentido, nadie, ni siquiera la profesora, es dueño/dueña de la teoría o de las maneras correctas o incorrectas de leer.

Tal cual. Los profes recurren a sus propios criterios y van armando categorías de análisis junto con los pibes. Y también aparecen las entrevistas a escritores: hay entrevistas de Mariana Enríquez, de Quirós, de Stephen King y otros sobre el género y sobre su trabajo. Y las categorizaciones: de terror, no es lo mismo que de miedo, que no es lo mismo que misterio y así. Los pibes vienen fichando desde lo que ven y de la literatura. Y suman las leyendas urbanas y videos de las redes y más. Y hay categorizaciones muy divertidas, por ejemplo, una profesora inventó la de “catástrofe natural”, como desencadenante del terror. Y también hay mucha distopía que viene de la literatura juvenil, la que está afuera de la escuela, la de las editoriales multinacionales hegemónicas y de las plataformas.

También aparecen en las experiencias ciertas condiciones performáticas de lectura que no son propias de la escuela

Sí: aparecieron experiencias ambientales, como apagar la luz para leer (alumbrándose con una linterna, que iluminara la cara del que lee nada más), o un docente que hizo una sala de escape y otros que hicieron cosas más artesanales como mover muebles. Unos chicos decidieron filmar unas escenas que ellos mismos escribieron y armaron un set de filmación en la escuela. En esa experiencia contaban una leyenda inventada de mucho miedo en la misma escuela: “y esto pasó en el lugar donde vos estás sentado ahora…” Fijate que con recursos muy sencillos, los pibes arman historias muy potentes.

 ¿Qué pasa con los chicos que se asustan de verdad, que sienten angustia frente a estos relatos?

Digamos que hay unos límites que cada quien debe poder manejar. Por ejemplo, a mí el género terror no me gusta. Yo no leo terror porque me da miedo. En ese sentido, me reivindico como una lectora perfecta del género: no lo puedo leer, porque me da miedo y no me gusta tener miedo. Supongo que a un montón de pibes les debe pasar eso y entonces es válida la pregunta: ¿por qué ir a la escuela a tener miedo? Pues bien, estos chicos parecen no expresarse… no lo dicen.

Pero es cierto que ahí hay un espacio interesante para pensar… Porque a ver: yo no leí Cadáver exquisito, de Agustina Bazterrica, que fue un éxito en las escuelas. Y no lo leí porque no me gusta el género, porque me parece cruento, efectista y me da asco, y no quiero leer esa literatura. Y esto le puede pasar a un estudiante y, en tal caso, es algo a contemplar.

¿Hubo alguna experiencia en este sentido?

Sí. Recuerdo que una profe contó que iban a leer una novela en la que había un accidente de auto y el protagonista quedaba muy mal y además se le moría el padre. Y una chica dijo que ella no podía leer algo así porque se había muerto su padre y estaba muy afectada. Entonces, la profesora contó que pensaron desde el Departamento de Literatura algo para ella, algo distinto, para respetar el duelo. Porque una cosa es que en una clase de literatura des un texto de humor y un pibe no se ría y otra cosa es que un pibe se angustie. Nadie va a la escuela a angustiarse o pasarla mal con los temas o textos que se trabajan.

Entonces, ese espacio de lo personal se tiene que abrir. Porque si un pibe te dice: yo no voy a leer Cadáver exquisito, y bueno, no lo leerá. Y tendrá que hablar del género de terror sin leer ese texto. Es contemplable. ¡Y lo digo con conocimiento de causa!

Si estos casos son casi excepciones, ¿se podría pensar que hay una generación a la que el terror le divierte? ¿Una generación de pibes profundamente sarcásticos o con cierta tolerancia a la crueldad maximizada…?

Lo loco es eso: que hay una generación a la que parece que el terror los divierte. Como si tuvieran una mirada irónica… como que el miedo no fuera real. Ese miedo controlado parece que divierte. Bueno, a mí no… Y quizá la clave es pensar en ese miedo controlado, es decir, un miedo que tiene límites, existe mientras estás ahí. Después, el miedo se va. El asunto es cuando el miedo persiste. Porque el problema que tenemos las personas a las que el terror nos da miedo es que no podemos salir del pacto de lectura … seguimos creyendo aún después de que se terminó el libro. Salís del cine o del libro y seguís con miedo: te quedaste pegado.

Esto confirma que quien disfruta del terror ejerce una mirada irónica o sarcástica sobre algo terrible. Una mirada muy distanciada… ¿Y eso está bueno?

Y yo no sé si está bueno… encontrar placer en sentir miedo, en acompañar el sufrimiento, la crueldad… Y no sé cuánto de lo que está pasando hoy respecto de la crueldad no tiene que ver con esto. Que nos hayan anestesiado respecto del sufrimiento del otro. Porque hay algo de eso también. Y no me gusta el género también por eso. Porque hay como un modo de la anestesia, una anestesia social respecto del sufrimiento del otro.

Entonces nos gusta cuando El Guasón en un acto de liberación personal sale a matar gente por la calle. Y lo comprendemos y hasta perdonamos -pobre, tuvo una vida complicada – y le bancamos que ande tirando tiros en el subte. En estos días de tiroteos y amenazas a las escuelas… ¿El terror se ha vuelto real? ¿estamos insensibilizados o anestesiados frente a lo terrorífico de la realidad?

Y… quizá… Hay ciertos relatos muy violentos. Y existe el gore, que es este género que entretiene y divierte a partir del sufrimiento físico del otro. Quien disfruta de esto es porque entra y sale del pacto: esto es ficción, dice, y se divierte. Pero qué extraña es esa cabeza que disfruta de eso.

Porque el vampiro o el zombi pueden ser más o menos (des)agradables… y son sin duda una construcción literaria. Pero, cierta violencia realista que incluye escenas de mutilación y torturas…

Y también hay un tema de ESI. Y esto es interesante porque cuando llevas estos relatos de terror al mundo, aparecen un montón de temas para discutir. Como esto de ficcionalizar con las mutilaciones y el sufrimiento del otro. Porque cuando entrás a la sala de escape, jugás, sufrís y salís. Pero después, en la vida real hay (o debería haber) cierta seguridad. Pero nos acostumbramos un poco a la violencia… ¿Viste que se transformó en un folklore ver como cagan a palos a los viejos los miércoles…? Viste que eso ya ni siquiera es una noticia, es algo de todos los días. Y esas imágenes dramáticas que vemos ya ni las vemos, no hay ninguna reacción… y esto ¿tendrá que ver con este auge de la literatura de terror? No lo sé. Yo no soy socióloga ni me dediqué a estudiar el tema, pero me da la impresión de que la literatura – y el terror en este caso –   habilita estas preguntas. Y a partir del texto literario podemos ir derivando en otros textos.

Habilitar la reflexión sobre el terror real sería la propuesta…

Algo así. Porque un pibe te trae un corto tremendo de Tik Tok y te dice: ¿vio esto, profe? Y vos no lo viste nunca. Y está bueno verlo con ellos. Porque ahí hay un objeto lingüístico, un relato, para pensar el mundo desde otras narrativas. Y en la clase de literatura los pibes le pueden poner el nombre a cosas que venían viendo y pensar el mundo, los relatos, la realidad también. La escuela puede tomar y analizar estos relatos. O hacer unas teorías. Porque para eso está la clase de literatura: para ver el mundo de una manera distanciada. Y entender o tratar de entender las cosas que pasan. Poder bajar de la vorágine y pensar con un poco de tiempo y calma… ¿por qué me da miedo? O ¿Esto es verdad o no es verdad? Y en ese sentido, la clase de literatura es un lugar de resistencia, un lugar donde parar a recortar un pedacito de la realidad y pensar tranquilos.

Planeta Paula Lauber
Es Licenciada y Profesora en Letras (FFyL, UBA) y Especialista en investigación educativa (UNCo). Se desempeñó como Profesora Adjunta de Didáctica especial y prácticas de la enseñanza en Letras (FFyL, UBA), de Talleres de lectura y escritura y de Didáctica de la literatura (UNSAM, UNIPE). Coordinó los espacios de Prácticas docentes y Residencia en el  IES nº 1 “Dra. Alicia Moreau de Justo” (CABA). Es autora de Dar para leer. El problema de la selección de textos en la enseñanza de la lengua y la literatura (2019) y  coautora de Clásicos y malditos. Para leer y escribir en lengua y literatura (2014). Coordinó volúmenes colectivos como Otras travesías. Cuaderno de bitácora para docentes (2010), Leer y escribir en las zonas de pasaje. Articulaciones entre la escuela secundaria y el nivel superior (2017) junto a Gustavo Bombini y Leer con la ESI. La enseñanza de la literatura en debate (2024) junto a Romina Colussi.   Dirige la colección Intervenciones de Unipe Editorial Universitaria donde publicó Edipo rey de Sófocles (2018) y, en colaboración con Romina Colussi, El matadero de Esteban Echeverría (2024). Coordina clubes de escritura y círculos de lectura-debate.