La casa invita: “Todo lo que tenga manija, perilla o botón se puede tocar” y el juego empieza apenas cruzar el umbral. Hay juguetes de madera, una radio antigua, un escenario y vestuario para inventar obras de teatro, pantallas táctiles, canciones que flotan en el aire, poemas en las paredes, un Dailan Kifki casi de tamaño real y el jacarandá. El espíritu de la niña María Elena anda alborotando bibliotecas y vitrinas: visita impostergable a la Casa Museo María Elena Walsh.
Por Gabriela Baby
Una estatua dorada de María Elena niña recibe a los visitantes. Y al entrar, el panel enorme con fotos, textos, globos, espejitos y muchos colores cuenta la vida de la autora de Zooloko, Tutu Marambá, tantas canciones, cuentos y poesía.
“Había una vez una casa. Mi papá la compró en 1923″, cuenta la casa, es decir, María Elena, que narra desde cada rincón. Y también dice: “Parece que a los 15 ya escribía regularmente, porque me publicaron un poema en la revista El Hogar. ¡Qué emoción, mamita mía!”
El juego ya empezó: al pie de la cronología, un xilofón, una campana, un ábaco y hasta una ruleta; juguetes de perilla, botón, palancas para mover trenes y mares… ¡Bienvenidos!

La Casa Museo MEW queda a pocas cuadras de la Estación Ramos Mejía del tren Sarmiento y fue comprada por Enrique Walsh, el papá de María Elena, que trabajaba en el ferrocarril y necesitaba vivir cerca de su trabajo. Los Walsh eran descendientes de ingleses. “Me crie dentro de lo que se llama clase media, es decir, ni rica ni pobre. Mi casa era muy grande, con jardín, patios, árboles frutales, gallinero, perro, gato, canario, tortugas, bicicleta, libros y piano. ¿Qué más se puede pedir?” dice uno de textos del distribuidor central.
La propuesta museográfica se basa en Novios de antaño (1990), las memorias de infancia de María Elena Walsh.
La casa museo no tiene objetos patrimoniales, es decir, lo que se exhibe no perteneció a los Walsh, sino que son muebles, artefactos, juguetes y vitrinas con muchísimos objetos todos realizados para la muestra. (sólo hay originales unos libros que pertenecieron a la biblioteca de María Elena). Y todo está puesto para tocar, jugar, imaginar y vibrar la vida de una niña traviesa y genial del siglo XX.
Los Walsh
La niña fue criada en dos lenguas y con muchas lecturas, en una época en la que había tiempo para jugar y un patio con tierra para ensuciarse, vecinos que eran como una familia ampliada y el tren que marcaba los silencios y el paso del tiempo. “Buena parte de nuestras vidas transcurre a bordo de los coches del Ferrocarril Oeste: en esa línea vive casi toda la parentela, en mi casa abundan objetos con la sigla FCO. Se consulta confiadamente la cartulina del horario y el reloj implacable antes de salir. Alguna vez obtuve un préstamo, gracias a Eduardo, un farol deseñales que manoseé unos días y devolví intacto. Colecciones de blocs de planillas son regalos habituales de mi padre. A poco de nacer reconocemos el movimiento ferroviario a la distancia, por el ruido: allá pasa el carguero, con maquina diésel o de vapor, ése es el rápido a Liniers, ahí sale el local, ahora viene el interminable tren carrera, hay niebla” (de Novios de antaño).
La primera sala – que era el comedor reservado a eventos especiales – evoca a la familia. Un árbol genealógico hecho con retratos caricaturescos cuenta a los Walsh: papá trabajador del ferrocarril, mamá ama de casa, hermana Laura y los medio hermanos mayores (del primer matrimonio del padre) Alfredo, Eduardo, Bobby y Toni. Luego hay otros allegados y algunas sorpresas si alguien se anima a mover o espiar detrás de los cuadros.
“Alfredo es el mayor de mis hermanastros. Puedo decir que no lo conozco porque hace años se peleó con padre y se fue a vivir a casa de su tía materna, la Benita. Laura dice que es una bruja, que tiene una cicatriz en la frente porque nació sapo, un leñador la desencantó de un hachazo y ahora vive en una guardia de murciélago, pasando el colegio Ward. (…) …después vienen Eduardo y Bobby. Los tres son morochos, crenchudos, de ojos achinados, herencia de alguna ignota raza filtrada en la sangre materna, que les presta modales felinos, cierta delicadeza en su tosquedad, jamás tropiezan, jamás hacen un además torpe, nada se les rompe. El menor es Tony, muy distinto, y los tres siguen viviendo en casa”. (Novios de antaño).

Dice la leyenda que la familia jugaba a menudo a la radio o al recital. De hecho, hay un palo con una lata que evoca uno de los primeros juguetes de la futura poeta: un micrófono. Que está puesto sobre una tarima y, por supuesto, se puede usar.
En esta sala, una vitrina con libros y juguetes – manijas, roscas, perillas que invitan – evoca las lecturas favoritas de María Elena: Las aventuras de Tom Sawyer, Alicia en el país de las maravillas, y más. Además, se exhiben algunos de los libros de María Elena que fueron donados al Museo por vecinos de la zona: MEW prestaba, pero pocos devolvían… suele pasar. Estos libros son los únicos “objetos reales” (que pertenecieron a la escritora) que exhibe la casa.
Otra sala para toda la familia
La segunda sala era el espacio de reunión cotidiano de hermanos y mayores.
“Mi familia, al parecer, no espera herencias ni vuelcos de fortuna, estamos todos ocupados y cumpliendo lentamente algunas pequeñas ambiciones que nos sumerjan en una Edad Moderna, no para lucirnos sino quizá porque nos trastornan las fantasías de Julio Verne y H.G. Wells y los libros, la música, las flores parecen colmar una vida aterradoramente tediosa como la de las tres chicas de Bringas, vecinas que suelen venir a jugar a las muñecas y dibujar solo novias emperifolladas con vestidos de colas que ocupan dos páginas de cuaderno” (Novios de antaño).

Este es el espacio en el que muchas valijas con objetos, luces y pantallas táctiles, narran vacaciones en Mar del Plata y otras aventuras de la familia. Además, hay una radio enorme de aquella época que evoca las reuniones alrededor de la radionovela: Tarzán y Los Pérez García, los favoritos. Cuenta María Elena que por esos días su padre la llevó a ver a Niní Marshall y a Juan Carlos Thorry “a la recién inaugurada Radio El Mundo, un edificio lustrado de mármoles y cromados como un pequeño Vaticano” (Novios de antaño).
Y la figura de la madre, siempre presente en la casa: “(…) Mi madre se desvive por las plantas, empuñando palas, azadas y tijeras y solo pide la colaboración de padre cuando el trabajo se hace muy pesado. Mis hermanos creo que no saben distinguir el palo de los dientes de un rastrillo, como los vecinos. Y a veces mi madre parece que va a la guerra, desesperada por la multitud de alimañas que amenazan su imperio florido. Algunas noches manipula un extraño vaporizador que hace brotar humo de todos los hormigueros, y suele vivir portando un frasco de sal para eliminar babosas. Cada primavera es premiada por una muchedumbre de flores que nadie mas que sus hermanas parece apreciar debidamente”. (Novios de antaño).
Libros para chicas y chicos de todas las edades
¡Arriba el telón!
En la sala contigua, que es justo la mitad del recorrido, hay un escenario, un perchero con vestuario, luces y espejos de camarín y un tablero de control para monitorear las luces que iluminan la escena. Además, escenografías y objetos para armar el universo que cada quien quiera. Y un elefante de cartón que se puede subir al escenario. ¿Será Dailan Kifki? A María Elena le encantaba el teatro, y también el circo, y el carnaval.
“¿Qué hacemos mientras Enrique promete y promete sacar entradas para el Teatro Cervantes o el Colon? ¿Dónde robar el espectáculo? Para Carnaval, corre a la calle a ver pasar las primeras máscaras rumbo al Corso de la Calle Rivadavia, y decora su bicicleta con guirnaldas de papel. Pero el carnaval se cierra como una flor enclenque y queda por delante el resto del año, de una vida que transcurre pachorrienta.” (Novios de antaño).
Cuando dejamos el teatro, pasamos al baño. Una sala inmensa con bidet y gran bañera. Donde por supuesto está Manuelita, la tortuga, que se acicala eternamente antes de ir o volver de Pehuajó. En este baño, las canillas cantan y el botiquín guarda una sorpresa. La bañadera gigante guarda mares embravecidos y ríos torrentosos de otras épocas, juegos pasados, infancia sin fin.
Donde se cocina la feminista
“Quien no fue mujer / ni trabajador / piensa que el de ayer / fue un tiempo mejor / y al compás de la nostalgia / hoy bailamos por error”, dice María Elena en uno de los ensayos recopilados en El feminismo (Alfaguara, 2024) . Cuando todavía no había aparecido en la Argentina el colectivo Ni una menos, ni habíamos salido a las calles chicas, mujeres y varones también, denunciando los abusos del patriarcado, María Elena Walsh se resistía a lavar los platos por mandato y se manifestaba contra la misoginia y la violencia machista.
Escribía, cantaba y pronunciaba palabras incómodas para el orden establecido. Desde este lugar está pensada la propuesta visual e interactiva de la cocina de la Casa Museo. En sus paredes color violeta se pueden leer frases e ideas tomadas de textos de María Elena que cuestionan el orden patriarcal. Y, entre los pobres cucharones que tienen mucha sed, las tacitas para tomar el té y la tetera de porcelana -que no se ve – un altar homenajea a las mujeres del siglo XX que cambiaron las ideas del mundo: Evita, Alfonsina Storni, Silvina Ocampo, Mercedes Sosa, Susana Rinaldi, entre otras.

En la gran mesa se proyecta una película de platos sin fin y los versos de una canción anónima titulada Requiem de madre traducida por María Elena del inglés: “Mis heroínas reales son esas mujeres que trabajan dentro y fuera de la casa, y crían a sus hijos con pocos recursos. Mujeres trabajan toda la vida, sin parar, sin descanso, porque solo descansan cuando mueren”.
La habitación de las niñas
Cerca de la cocina y justo al lado del baño, la habitación de las chicas.
“Jamás me gustaron las muñecas. Yo tenía otros juegos: el almacén, las estatuas, la mancha o intercambiar figuritas. Pero jamás me gustaron los juegos de nenas, sino los mixtos, enormes pandillas de chicas y chicos jugando sobre todo en el Lawn Tenis club cerca de casa”, dice uno de los textos de la sala en la habitación donde dormían Laura y María Elena. La camita con su dosel anti mosquitos -no existía la tableta eléctrica – evoca las camas infantiles de la época. Hay una guitarra y tres vitrinas que ilustran los distintos momentos del día de la niña María Elena: la ropa que la mamá le ponía a cada momento, los juegos favoritos, y también las travesuras. Porque las chicas eran de temer:

“…Tula ha mirado con mucha más curiosidad que yo el revoltijo que hizo el cura con sus rapos para sacar la miserable medallita de lata. Cuando vuelvo a casa, Laura me la roba y la arroja sobre el techo del ropero.
Yo tiro de su álbum de recortes de Clark Gable a la tina.
Ella se zambulle para rescatarlo y se empapa integra. Mi madre la ayuda a orearse junto con el álbum y me da una tunda.
Laura, de un certero tijeretazo, me corta un mechón de pelo.
Esa tarde corto una rama de rosal, la sumerjo en flit y se la meto en la cama.
Laura, en lugar de amanecer muerta, amanece arañada pero viva.
Me pongo un zapato con una babosa adentro. Guardo una cucaracha aplastada y la meto en la sopa de Laura.
Recibo una fraternal fregada de cara con un cepillo de piso.
Derramo un frasco entero de tinta china sobre un mapa perfecto del perfecto cuaderno de mi hermana. Durante el desayuno, Laura tira del mantel y me quemo con café con leche.
Raspo el tenedor contra el plato para matarla de dentera.
Ella esconde para siempre la llave de mis patines.
Pincho las ruedas de su bicicleta.
Laura me sopla el gofio en los ojos.
Proyecto que esa noche le echaré veneno en el oído, como le paso a un rey de un cuento de mi papá y espero que esta vez si amanezca muerta.
No se muere: tiende un hilo invisible en el patio, tropiezo y me rompo la crisma.
La guerra fratricida, con sus palizas, griterías, penitencias, teatro de la epilepsia, falsos ataques de ahogo mortal, llantos, pataleos, arañazos, dura días, meses, años”. (Novios de antaño).
Aire fresco y a descansar
Y en el patio, el jacarandá que, dice la leyenda, es retoño del jacarandá que la niña María Elena solía trepar. Y plantas, mesitas y sillas para sentarse a descansar, antes de seguir jugando. Porque siempre hay un rato más. “En mis tiempos, había tiempo. Recuerdo bien que la higuera derramaba esparcimiento y una rosa nos duraba mucho más que cualquier empleo. Por otra parte, las siestas se pedían prestadas a la muerte”.
La casa se despide con una consigna para toda la vida: “Recuerden lo que quieran, olviden lo que puedan, e inventen lo que falte”.
Casa Museo María Elena Walsh
Tres de febrero 547, Villa Sarmiento
Miércoles a viernes – 11 a 18h
Sábados y domingos – 11 a 19h

Planeta María Elena
María Elena Walsh (1930-2011)
Es una figura esencial de la cultura argentina. Poeta, novelista, cantante, compositora, guionista de teatro, cine y televisión, creó una importante obra infantil, por la que es reconocida a nivel mundial, además de una significativa producción para adultos. Sus libros fueron traducidos al inglés, francés, italiano, sueco, hebreo, danés y guaraní. Algunos de sus personajes más famosos son la tortuga Manuelita, el elefante Dailan Kifki, las criaturas maravillosas que habitan el bosque de Gulubú y los seres disparatados que dan vida al Reino del Revés. También escribió ensayos, notas de prensa, novelas para público adulto. Es además autora de una discografía de alta calidad que transita diversos ritmos y paisajes.

