Se llama Gigliola Zecchin, pero la conocemos como Canela. En la década del 60 y del 70 fue conductora de televisión; en los 80s, editora de Sudamericana infantil y siempre escribió libros para chicas y chicos. Hoy tiene más de 50 títulos en diferentes editoriales, tres libros para adultos, varios libros de poesía, muchas reediciones, y una mirada sobre la literatura, la infancia y la vida que merece ser atendida. Gracias Canela por esta charla luminosa con Planetario.
Por Gabriela Baby
La gran mesa del comedor está cubierta con sus libros: “Estoy acomodando papeles, viendo el tema de las reediciones, digitalizando contratos, poniendo en orden vencimientos, todo eso…” dice y enseguida: “¿Querés café o té? Sentate, ¿llegaste bien?
Es Canela, tan cálida y amorosa como la vimos por la televisión o como la leemos en sus libros. O como la vimos en algún reportaje o en su programa de TN que estuvo al aire hasta hace pocos años.
Y está feliz porque le encanta conversar y los libros sobre la mesa invitan y tiene tanto para contar. Café, respondo. Y al rato llegan dos espumosos cortados en tacitas super coquetas. Y un budín que recomienda: “tiene almendras, y es casero”.
La mesa es un festín. ¿Por dónde empezar? Empecemos por uno de los primeros: ¿se reedita Marisa que borra…?
Sí. Este libro tiene un valor muy especial para mí, porque fue el primero con el que gané un premio. Entonces dije: Ah, puedo escribir (sonríe). Es una reedición de la vieja colección de Pan Flauta, que inventé en los 80s, después de la llegada de la democracia, en Editorial Sudamericana.
¿Primero presentaste el libro y luego quedaste como editora de la colección…?
En realidad, salió el libro y me ofrecieron ser editora de Sudamericana infantil. Y yo dije: ‘Si yo no sé nada de libros…’ Venía de hacer televisión. Había estudiado Letras, pero no tenía experiencia editorial. Igual, la editora me dijo: ‘No importa, nosotras te enseñamos… y en tres meses vas a aprender’. Y ahí trabajé mucho como editora y aprendí mucho. Cuando terminé de aprender cómo se hace un libro, apareció la computación y los libros electrónicos y los pdfs. Y tuve que reaprender todo rápidamente.
En Sudamericana entonces fuiste la inventora de algunas colecciones que hoy leemos como clásicos de nuestra LIJ…
Me dieron seis meses para presentar una colección que finalmente fue Pan Flauta. El nombre se me ocurrió en un instante, porque para mí el libro es un pan. Y te habla una niña que pasó no digo hambre, pero más o menos… Y también porque para mí “El flautista de Hamelin” es una metáfora del contador de cuentos. El nombre gustó enseguida. Y era una colección múltiple que tenía diversos iconos en la tapa que revelaban el estilo, el tema o el género del libro: si era humorístico o más dramático, si era para más chicos o para más edad. Yo cuidada mucho la calidad física del libro. Y decidí convocar a autores de primera línea. Siempre traté de trabajar con gente que supiera más que yo, así iba aprendiendo. Y siempre tuve un vínculo amoroso con los autores. Me gustaba cuidarlos. Estimularlos a que escribieran otro libro.
Además, hiciste antologías de clásicos…
Hice varias antologías para chicos en las que incluía uno de miedo, uno de amor, uno más realista. Iba armando por temas, incluyendo todos los autores que podía: desde Shakespeare, Dante, María Elena Walsh. La idea era motivar un poco a los maestros. Moverlos de los textos habituales, porque a veces el trabajo del maestro se pone un poco mecánico. Es un trabajo muy exigente, muy arduo, y está tan mal pago.

¿Cómo elegías a los autores para tus colecciones?
Algunos autores venían publicando en CEAL (Centro Editor de América Latina), por ejemplo. Ema Wolf me dio un original. Ana María Shua no había escrito para niños. Entonces fui a su casa, le toqué el timbre, y le dije: ‘Vos tenés que escribir para chicos. Serías una excelente autora de libros para chicos’. Porque cuando leo sus libros para adultos, me doy cuenta: tienen una música especial en su escritura … no sé cómo decirte. Nos citamos en un bar, y la convencí. Y ella acudió a cuentos que les había contado a sus hijos. Y empezó una carrera como autora de libros para niños y jóvenes maravillosa.
Así que con estos tres primeros libros empezó la colección. Yo trabajé como editora de Sudamericana infantil desde 1987 hasta 2003. Y a lo largo de los 16 años que duró mi estadía en Sudamericana, he creado 10 colecciones y editado 250 libros. Lo digo sin vanidad, porque fue mucho trabajo. Y con un equipo de gente muy talentosa, y trabajadora.
Eran libros sencillos en su realización, pero de un contenido muy cuidado. ¿Vos ves que hay un cambio en la producción de LIJ?
Los libros de Pan Flauta tenían la tapa a color y el interior con ilustraciones en blanco y negro. Y Marisa que borra fue el primero de la colección, en 1987. En ese momento no estaba mal visto que los editores publicaran sus propios títulos en las colecciones que dirigían, una tradición muy española por otra parte. Tampoco en esa época había libros para chicos con lomo. Tuve que hacer unos ajustes importantes en el proceso de edición para que aparecieran los libros con lomo, como son los de la colección Los caminadores, que apareció también en esa época.
La industria editorial es una industria, un negocio, tiene que dar rédito. Entonces se va a ajustando a cuestiones de marketing y de mercado. Antes no era así. El trabajo era más intuitivo o artesanal. Íbamos descubriendo cosas y nos pasábamos entre editores esos descubrimientos.
Ahora fíjate que Marisa que borra se edita solito, el cuento solo quiero decir, y con ilustraciones dirigidas a un publico más pequeño que las del original. Los chicos evolucionaron mucho, yo creo. Pero hay cosas que no cambiaron, porque la historia sigue vigente: una nena que hace los deberes, y se distrae, y quiere borrar lo que le parece que está mal o no le gusta. Y quiere estar mirando tele con su mamá. Las cosas cambiaron mucho, pero no tanto.
Y los lectores de tus libros… ¿como ves esa evolución o qué cambios en el tiempo…?
A mí me gustó mucho trabajar para chicos y me tocó la gloriosa época de María Elena Walsh. Yo me formé con sus discos y sus libros también. En esa época hacia televisión para chicos. Y María Elena apareció como una especie de estrella luminosa en el cielo de los niños. Y yo venía a Buenos Aires cada mes y medio, porque vivía y trabajaba en Córdoba, y me compraba los libros, los discos, todo lo que podía para alimentar esa televisión en blanco y negro en vivo y con una sola cámara.
Y escribía los guiones, para que el director supiera lo que iba a hacer tenía que escribir los guiones. Y a veces copiaba la letra, para que el director supiera lo que tenía que hacer… Y después empecé a inventar canciones. Poemas que escribía, los hacía canciones para niños. Por esos años hice el disco de Buen día, Canela. Trabajaba mucho, de verdad. Había mucho ingenio en eso. Era todo muy artesanal, había que inventar todo, todo el tiempo.
¿Y qué inventos raros que recuerdes hubo para ese programa?
Yo recuerdo, por ejemplo, haber hecho una carrera de caracoles… en una mesa para que los chicos vieran lo despacito que andaban, como era su cuerpecito, como era el caparazón… Había que trabajar un montón en la producción. Y a mí me gusta. Soy productora de alma. Producir libros, producir textos, producir programas.
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Ahora contas de tu infancia, en La niña que no vio los besos, un libro con protagonista niña para publico adulto. ¿Cómo te decidiste a hacerlo?
Desde hace muchos años, estaba empeñada en que mis hermanos mayores (soy la más chica de 10 hermanos, 11 en realidad, uno murió de bebé) me contaran cómo era la vida de mi familia antes de que yo naciera. Les preguntaba sobre todo por mi padre, a quien yo conocí muy poco. Murió de hecho, cuando yo tenía 4 años. Y tengo anotados y grabados en audios (de casete) lo que mis hermanos me contaban. Y en general sucedía que empezaban a hablarme de mi padre y la conversación se iba para todos lados, para otros temas, como ocurre siempre. Entonces, mi cabeza fantaseaba sobre cómo era mi familia. Porque cuando emigramos de Italia la familia se dividió en dos, y había muchos cabos sueltos que yo quería comprender. De ahí, la búsqueda. Así que, durante la pandemia, quizá un poco antes, yo escribí un cuento que están en el medio de este libro que se llama “La casa ajena”. Cuando escribí este cuento, elegí un momento de mi vida de infancia, que para mí fue bastante dramático, porque nos habíamos mudado del pequeño hotel -que era nuestro hogar- a una casa que no era nuestra, era un momento de transición, de muchos cambios. Y lo que más digo en ese cuento es “no me acuerdo”, “no lo sé”. Y cuando tuve ese cuento, se lo di a leer a mi hija, que es videasta y trabaja mucho con los guiones y me dijo: ‘Esto no es un cuento para chicos, es el libro de tu infancia’. Entonces, vino la pandemia y yo me dediqué en gran parte a escribir ese libro. Sin propósito de editarlo, pensaba que era imposible que a alguien le interesara una cosa tan personal, tan privada. Me parecía insignificante la historia que escribí. ¿Querés más café? Decime que sí, dale. Si me dan cuerda, yo hablo…

Acepto el bis de café y avanzo con La niña que no vio los besos: Si se publicó en Argentina y en Italia, algo valioso debe tener…
Ocurrió que cuando tenía el libro listo, justo tuve que viajar a Italia a recibir un premio. Me dieron una distinción (ellos distinguen a ciudadanos italianos que andan por el mundo y hacen algo… qué sé yo) entonces tuve un encuentro con la editora de allá, yo ya la conocía, y resolvimos la edición. Que es una edición más académica, referida al bilingüismo. Es una colección que reúne autores que tienen el véneto como lengua de crianza y otra lengua de cultura, le dicen así: lengua de cultura. Y la edición italiana tiene una introducción que refiere al bilingüismo.
¿Primero se editó en Italia y luego en Argentina?
Cuando llegué de regreso, le conté a Gloria Rodrigué la editora de Sudamericana de todo esto, me pidió el libro, y a las 48 horas me dijo: ‘lo publicamos’. Y ya va por la tercera edición.
Algo que llama la atención de este libro, además de esas historias tan íntimas y entrañables, es el bilingüismo: está lleno de frases en italiano…
Es que así me salían. Y me suenan así, no las puedo traducir, se pierde la música, algo de la magia, si se traducen. Ahora, fíjate qué loco, en la edición italiana hubo cosas que se tradujeron, porque yo escribo y hablo el italiano – el véneto, en realidad, que es un dialecto – a la antigua usanza, y ahora el dialecto se ha transformado por el paso del tiempo. El véneto es muy complicado, era el idioma de los bárbaros, no es latino.
Y en La niña que no vio… se cuentan historias de personajes que vinieron en los barcos… muchos lectores se deben identificar con esas historias…
Sí. Mucha gente se siente muy conmovida al leer estas historias, porque son las historias de sus mayores. Y, además, en este libro estoy tratando de recuperar mi voz infantil. Como hablaba esa nena… como pensaba esa nena… Y todo fue con ese cuento, que ahora está en el medio del libro, rodeado de los relatos de mis hermanos y hermanas. Por ejemplo, a una hermana le pregunté: ‘¿vos te acordás cómo era la vida cuando estábamos en esa casa?’ Y ella me dijo: ‘Me acuerdo que cocinábamos con las velas. Y yo me acordé. Vi las velitas de la cocina… no había gas y teníamos que cocinar y mi madre siempre se las ingeniaba… y cocinaba con velas. Mi madre era ingeniosa, muy cacique.

Y cazaban caracoles y pajaritos…
¡Si! Comíamos caracoles, esos que sirven en los restaurantes finolis, pero los cazábamos nosotros. Y siempre había un gran fuentón de polenta. Las gallinas y pollos eran un lujo. Y no había cena.
Pero ahora llega el café en sus tacitas preciosas, como joyas preciosas. Y Canela ofrece más budín, y cuenta algo de la receta, de las almendras picadas. Una delicia esta charla.
Algo que me gustó de La niña que no vio los besos es esta evocación de la hora de lectura: todos reunidos alrededor del brasero y alguien que lee o que narra una historia. Pensando en la transmisión de la lectura, y el placer de la lectura para la familia y para los más chicos.
Yo viví en una casa de campo un verano, con una familia, en un gran caserón, y fui parte de esta escena: todos alrededor del brasero, en el establo, donde duermen las vacas, porque allá duermen adentro, todos escuchando al contador de cuentos. No había libros, ni revistas, no había radio…
Sentarse a escuchar al narrador. Algo tan antiguo como la humanidad.
Y tan necesario. Después de todo, la historia de la Literatura que empieza por ahí, en esas reuniones para escuchar al que cuenta. Además, había siempre gente que no sabía leer… Era todo relato oral.
Los niños de entonces éramos los que después nos reuníamos alrededor de la radio, cuando empezaron las radionovelas. Yo me acuerdo, en mi casa de Mar del Plata, en Córdoba también, escuchando los relatos de la radio. Y en la escuela, la maestra nos leía de un libro. Lo cual era una enseñanza doble: el cuento lo que nos contaba. Y, además, la idea de que eso salía de un libro. En mi casa no había libros.
En un texto que leíste en un congreso de literatura hablabas de bibliodiversidad ¿existe hoy la bibliodiversidad?
Yo creo que las escuelas se adueñaron de los catálogos, porque es muy difícil que los libros que no se venden en las escuelas, se vendan en las librerías. Si se venden en librerías es porque los adoptan en las escuelas. Y hay un trabajo importante de promoción de las editoriales en las escuelas.
Me parece que ahora la ilustración es dominante. No me parece ni bueno ni malo, son estrategias de marketing. No existía el marketing cuando yo empecé a trabajar. Eran criterios que se compartían entre editoriales… fraternalmente muchas veces, era todo muy diferente.
El libro actualmente compite mucho con las pantallas.
Es monstruoso. Lo que ocurre en las pantallas, quiero decir. Está absolutamente naturalizado lo monstruoso. A veces mi nieto me dice: ‘Abuela no tengas miedo, es un cuento’. Pero el terror y la monstruoso siempre están. Bob Esponja, por ejemplo, un personaje que es una esponja. No es bueno o malo per se, pero veo que todos los personajes tienen rarezas: cuello largo, manos como pinzas, porque es una representación de un cangrejo. Todo monstruoso. Y todo se desintegra, se vuelve a integrar… y hay toda una cosa de la monstruosidad y la desintegración que no casual. Vivimos en un mundo un poco desintegrado. Las guerras que se reiteran, el peligro de la energía atómica, la naturaleza que está siendo depredada todo el tiempo… Los chicos están creciendo en un mundo que hay que cuidar.
Pero, volviendo a tu pregunta, ahora yo creo que los autores piensan en lo apto, en lo que circula, en lo que el público – la escuela, especialmente – espera. (Y no me incluyo porque me siento muy libre. Porque no me quita el sueño que un libro se venda o no, pero hay muchos autores que viven con una jubilación mínima y de la venta de sus libros). Entonces van a escuelas, a charlas, hacen talleres. Y todo esto los lleva -quizá inconscientemente – a un territorio limitante que es lo apto. Y entonces, los maestros te dicen ‘este libro me sirve para trabajar el tema de la naturaleza…’ Y yo no me quiero atornillar a un tema o a un mensaje.
Por supuesto que los cuentos tienen su mensaje, dicen algo, porque hay ideas y pensamientos que llevan a un escritor a escribir. Pero no escribo para que los textos digan un mensaje o moraleja o enseñanza. La literatura no funciona de esa manera. No hay una literatura para… no es que existen libros para hablar de determinados temas.
Vos decís bibliodiversidad pero hoy se ve la cosa medio pasteurizado, medio todo igual… Pero cuanto menos se mande el mensaje, más gana la escritura. Igualmente hay que decir que todo el mundo trabaja para su pan. Entonces no es censurable. El tema es que toda esa producción va a los niños.

Y vos como autora de LIJ, entre tantos libros, en tantos años, ¿ves un tema o recurso o modo de abordaje característico de tu producción?
Creo que en mis libros se plantean conflictos que se resuelven con un toque de ingenio o de magia. Y siempre hay un final feliz. Yo me identifico con estas búsquedas de presentar un problema que se resuelve con comprensión, con la mirada crítica hacia los adultos. Y cuido mucho la escritura. Corrijo mucho, hay que darse tiempo para ajustar la escritura. Corregir. Ese es mi proceso.

Planeta Canela – Gigliola Zecchin
Nació en Vicenza, en 1942. Llegó de Italia a Mar del Plata y luego se trasladó a Córdoba. Estudió Letras y empezó a trabajar en radio y televisión. Se formó como locutora nacional en el ISER (Instituto Superior de Enseñanza Radiofónica). En los 60s comenzó a hacer sus primeras experiencias en televisión, con un primer programa destinado a los más chicos, Hola Canela, por Canal 10 de la provincia, en el que ya adoptó su seudónimo (“porque mi nombre es difícil de pronunciar”). Se trasladó a Buenos Aires, donde contrajo matrimonio (es madre de cuatro hijos y abuela de seis nietos). En el año 1967, ya radicada en Buenos Aires, hizo su aparición porteña con la realización y la conducción del programa diario «La hora de los pibes», en Canal 13, más tarde pasó a formar parte de un exitoso programa diario, Buenas tardes, mucho gusto, e ingresó en el mundo de la radiofonía con La veleta de los cuentos, por Radio Municipal. A partir de los años 70s, Canela trabaja en televisión en los programas La luna de Canela (1970-1972), Toda la gente (1975), En casa de Canela (1975-1976) ―ambos en Canal 13― y Con Canela (1976), ciclo de reportajes a personalidades destacadas, emitido por Canal 7. Mientras tanto, en radio, participó como columnista en el programa La gallina verde (1969-1973), por Radio Belgrano y Radio Continental y condujo Gente de hoy (1975-1979). En los últimos años, desde su productora Medio Mundo TV, estuvo en el aire con Generaciones (Radio Nacional), El periodismo que viene y el vigente noticiero cultural Colectivo Imaginario (TN – Todo Noticias), con el cual ya ha cumplido diez años de permanencia difundiendo el más variado desarrollo de las actividades educativas y artísticas a nivel nacional. Obtuvo una innumerable cantidad de reconocimientos durante su amplia trayectoria, entre los que se destacan el Konex, Martín Fierro, ATVC, Fund TV, Santa Clara de Asís y Cruz de Plata Esquiú. El Estado italiano la condecoró con la Orden de Caballero y la Medalla de Oro al esfuerzo y al trabajo. En 2007, el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires la reconoció como Personalidad Destacada de la Cultura y, en 2010, le otorgó una de las Medallas del Bicentenario por su amplia trayectoria dedicada a la promoción y difusión de la cultura. En 2017, la Fundación El Libro le otorgó el premio Pregonero de Honor. En 2023, Canela gana el Gran Premio ALIJA 2022 por su libro La Hoguera.

