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Remigio Verdiales, el musical del Grupo de Titiriteros del San Martín

Un carpincho fan del mate, un coipo meticuloso, una comadreja que sueña ser actriz, un pato acelerado, una cierva de los pantanos y un carancho, que hacen de la cooperación y la picardía una forma de vivir, protagonizan la historia que —con libro, letras y dirección de Pablo Gorlerola emblemática compañía presenta en el Teatro Sarmiento.

Por Marisa Rojas – PH Carlos Furman, gentileza CTBA

Una tarde de sábado, como todas las tardecitas de todos los días, Remigio Verdiales, un carpincho tranquilo —amante del agua, los mates y el silencio—, duerme la siesta en el humedal. De repente, su amigo Tremebundo Sarcasmo, el coipo ingenioso —obsesionado con los detalles del terreno y los canales—, lo despierta alborotado. Algo extraño está sucediendo: el agua ha comenzado a bajar, se escuchan ruidos desconocidos, se ven máquinas avanzar. Han llegado los humanos y su presencia altera el paisaje del humedal.

Carmen Muzzupappa, la comadreja dramática; Patricio López, el pato entusiasta, y el dúo que integran Zoilo Bermúdez, el carancho práctico y filoso, y Daniela Pantano, la cierva más bella de los pantanos, también entran en alerta.

Pero esta no es solo la historia de un grupo de animales cuya casa está en peligro. Es la historia de una comunidad que deberá preguntarse cómo responder cuando otros avanzan sobre sus derechos. También, sobre el respeto a las diferencias y aquello que vuelve posible la vida en común.

Estas son las preguntas que atraviesan Remigio Verdiales, un carpincho, la nueva obra de Pablo Gorlero, escrita especialmente para ser interpretada por la compañía titiritera más prestigiosa de la Argentina: el Grupo de Titiriteros del Teatro San Martín que en 1977, a instancias de Kive Staiff —entonces director del teatro—, crearon el maestro titiritero Ariel Bufano y Adelaida Mangani, su actual directora.

Remigio Verdiales representa para el Grupo una propuesta escénica poco habitual: títeres conectados al cuerpo de las y los titiriteros que son manipulados, en parte, con varillas, pero donde la doble presencia de intérpretes y muñecos crea un juego visual; una narrativa donde las acciones se complementan; teatro musical, con canciones originales y coreografías diseñadas para ese doble juego escénico. Un trabajo cuyo desarrollo incluyó un entrenamiento específico en actuación, canto y movimiento para comedia musical, para construir un lenguaje donde actrices, actores y títeres comparten la escena sin perder autonomía.

Más que un recurso estético, esa convivencia entre cuerpos, voces, objetos y muñecos —hermosas criaturas creadas por la maga de la realización, Alejandra Farley— termina dialogando con la propia historia que la obra cuenta: una invitación a pensar qué lugar ocupan hoy la cooperación, el respeto por quienes son distintos y la ternura como respuesta en un tiempo del mundo que parecería elegir el camino contrario, o acaso con más publicidad.

— Desde uno de tus primeros trabajos para las infancias, Saltimbanquis, al más reciente, El zorro, el labrador y el buen hombre, elegís animales como protagonistas de tus obras. ¿Cuáles son los motivos de esta elección, Pablo?

— Soy de una generación que creció leyendo fábulas en las que los animales eran siempre los protagonistas. Aprendí a leer a los cinco años con cuentos donde los animales hablaban. Por otro lado, yo amo a los animales. Y se que hablan, de un modo distinto a los humanos, pero hablan. Y me parece que en el caso de las infancias son el mejor vehículo para transmitir aquellas virtudes que nos faltan a los seres humanos: la solidaridad, la cooperación, la bondad, el desinterés. A los humanos nos faltan demasiado y a los animales les sobran. Por eso los elijo, porque creo que pueden transmitir esas virtudes que a mí me encantaría que tenga la sociedad.

— ¿Qué te interesaba contar, particularmente, a partir de estos animales habitantes de los humedales? ¿Cuál fue la primera imagen para construir la historia de Remigio y sus amigos?

— Vengo siguiendo el caso de los carpinchos en Nordelta desde hace rato. El carpincho es un animal que a mí siempre me resultó atractivo. De perfil bajo, absolutamente dócil. Nadie le prestó demasiada atención hasta que se metieron en su territorio. Fui siguiendo los intentos de relocalizarlos desde muy de cerca y me indignaba porque a mí me vulnera el vulnerable. Me pareció que tenía que contar esa historia, el cómo, cuando creemos que hay derechos ya ganados y que no hay vuelta atrás, nos damos cuenta que no, que hay que seguir luchando. Por eso Remigio Verdiales no habla sólo de aspectos ecológicos.

Somos bicho, pluma, barro y raíz,  y vivimos calladitos, sin molestar. Pero si nos pisan lo que es vivir…¡nos vamos a organizar!, se escucha en la canción que abre la obra.

La organización nace ante el conflicto por la explotación inmobiliaria del humedal pero no se reduce a ello.

El  territorio funciona aquí como el lugar donde se vuelve visible una pregunta mucho más amplia: ¿cómo convivir cuando unos avanzan sobre otros porque creen que su modo de habitar el mundo vale más?

Gorlero evita responder desde la confrontación. Tampoco construye héroes y villanos. Sus personajes buscan otra salida.

“Un grupo que forma comunidad no solo forma comunidad, sino que pone en vigencia la cooperación que se necesita para formar esa comunidad. Y este grupo no quiere molestar a nadie, simplemente quiere convivir. Y para eso de lo que se trata es de ponerse de acuerdo”, dice.

Hay una frase que el dramaturgo y director repite durante la conversación con Club Planetario y que parece sostener toda la puesta: «A la violencia hay que responderle con ternura».

Pero no habla de una ternura ingenua ni edulcorada. Habla de una decisión. De una forma de intervenir en un mundo donde la crueldad y la hostilidad parecen ocupar cada vez más espacio. Esa elección atraviesa la escritura, las canciones y el recorrido de los personajes.

Venite acá, amigo, y mirá este lugar,  el barro guarda historias que te quiero contar (…) El humedal, el humedal,  donde la vida es tan tranquila y tan social, cantan Remigio y sus amigos.

Gorlero no simplifica el conflicto ni lo convierte en una moraleja. Confía en que chicos y chicas pueden seguir una historia donde aparecen palabras como «asamblea» y “mutualismo”, donde una comunidad debate qué hacer frente a un problema y donde la solución no pasa por derrotar a un enemigo, sino por imaginar otra manera de vivir todos juntos.

— ¿Pensás en distintas capas de lectura cuando escribís?

— Siempre trabajo las obras para las infancias pensando en toda la familia. Por lo tanto, también me esmero en que haya una capa de lectura que el chico entienda de un modo y el adulto tal vez de otro. En la asamblea de los animales, el nene ve un gran trabajo de unidad del grupo para encontrar una solución al problema que se le presenta. El foco está puesto en ese hecho social. Otros podrán hacer una lectura política.  Y a diferencia de una película de acción, no es que estamos tomando las armas para ir a romper todo. Pedimos por lo nuestro de la forma más pacífica posible.

Se escuchan entonces las estrofas de la canción final: Si te molesta quién soy, sólo sé respetuoso. Sin temor ni rencor, sonreí que es mejor, mejor, mejor. ¡Sonreí que es mejor!


Remigio Verdiales, un carpincho
Martes a domingos – 15 h
Teatro Sarmiento,  Av. Sarmiento 2715, CABA
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